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BALCONES ABIERTOS

Constelaciones familiares

Constelaciones familiares

Tengo una prima que estudió un ciclo formativo de animación sociocultural por la UNED. Posteriormente, se diplomó en reiki, montó una consulta de quiromasaje y ahora se dedica a organizar constelaciones familiares en una habitación de su casa que ha adornado con lámparas de papel y telas traídas de la India.

Yo, a veces, le pregunto qué es eso de ser diplomada en reiki. Ella me contesta que eso es que tiene un diploma y punto en boca. Así que me callo, porque yo también soy diplomada en mindfulness y sé lo que me hago.

Mi prima dice que a la gente hay que darle lo que necesita para que te vaya bien un negocio. En un cursillo del INEM que hizo sobre emprendimiento, le explicaron todo lo de la oferta y la demanda y, desde entonces, está que no caga con el tema.

Ella, en aquel entonces, analizó las necesidades de su entorno centrándose en su barrio y se dio cuenta de que las vecinas querían dejar de sufrir, de preocuparse, dejar de cargar con culpas que no son suyas, comprarse un cartucho de papas fritas y un litro de cerveza y no tener nada que ver con nadie.

Algunas de las amigas de mi tía, conseguían este estado de bienestar gracias a marcas de relajantes musculares y ansiolíticos que no puedo nombrar por eso de no
hacer publicidad, pero que, como todos sabemos, acaban en -idal, -xatin, -mazin o en -lium. Otras amigas, sin embargo, ya habían dejado de encontrarse en este estado porque el médico pensaba que se estaban enganchando y se había negado a
extenderles la receta. Hay que ser -brón.

Mi prima se enteró de que un taller de constelaciones familiares es un taller de descubrimiento y liberación, que permite entender y desatar los patrones de la
vida que nos hacen sufrir, descubrir y eliminar lo que limita nuestra
realización.

A ella le fascinó la idea y pensó que era justo la consulta que el barrio necesitaba.

La vecina de arriba ya había puesto en una ocasión un gabinete de leer el tarot y al principio le iba estupendamente, pero luego, las clientas se cansaron de que siempre les dijera lo mismo. Se les acabó el tema de conversación y tuvo que echar el cerrojo.

En la misma calle, también montaron otro local de iridiología. La tía colgó en la puerta un panel en el que se veía el iris a nivel microscópico y daba tanto yuyu como la escena del ojo de Buñuel. Ella decía que había que dividir el iris en las zonas que
corresponden a las partes específicas del cuerpo humano, y ver los ojos como las ventanas del estado de salud del cuerpo. Más tarde, se enteró de que la reflexología podal era algo parecido, así que, por el mismo precio, te analizaba la mirada y te daba un masajito en los pies. Un pelotazo.

El problemón le vino cuando acudió a la consulta una señora mayor que estaba recién operada de
cataratas. La diplomada en iridiología le abrió tanto los ojos para
analizárselos, que se le estalló la herida a la pobre mujer. Como le empezarona escocer los ojos, no se le ocurrió otra cosa que soplarle varias veces como
si le hubiera entrado un cuerpo extraño. Se supone que, al hacer esto, se le escapó una salivilla que fue a parar a la herida abierta. Así que le provocó una infección que por poco consigue que la señora acabara ingresada en la clínica Barraquer. Todo el entorno se enteró de lo ocurrido y la muchacha tuvo que quedarse solamente con lo de los pies, porque ya no se fiaban de ella.

Visto lo visto y una vez analizado el sector comercial de la realidad del contexto, mi prima se volcó con lo de las constelaciones familiares porque pensó que podía ser un buen negocio. Algo muy nuevo, muy moderno y que podía darle al barrio un toque
alternativo cuántico y perfecto.



Parece ser que en una
sesión de constelación familiar participan dos personas, el constelador/a (mi prima) y
el constelado/a (el cliente).
Los demás miembros de la familia del constelado son representados, bien por
muñecos como playmobiles, geypermanes, barbies o barriguitas (lo que haya más a
la mano), si la sesión es individual; bien por otras personas que actúan
como representantes, si
es grupal. En este caso no es necesario un contacto previo entre estas
personas; la dramatización familiar la puede poner en práctica cualquiera sin
ser actor ni nada.




Durante la sesión, el
constelador/a actúa primero como observador externo y más adelante como
participante directo, ocupando un lugar en la representación.
A través de esta técnica, se consigue una recreación total de los patrones
familiares, analizando la herencia de pensamiento que se ha producido sobre el
constelado y la carga inconsciente que este lleva.




Mi prima, una vez que se empolló
toda la teoría, preparó la habitación con velas aromáticas y música new age de
Enya. Metió en una bolsa de plástico los playmobiles viejos de mi primo y pensó
cuál podría representar al padre, a la madre, la abuela, el niño…Todo
controlado. Colocó en la puerta un póster que parecía de la guerra de las
galaxias y se puso manos a la obra.




La primera clienta que llamó por
teléfono no quería muñecos. Prefería una sesión grupal con representantes de
verdad. Mi prima, por quedar bien y por el ansia de iniciar el negocio, le dijo
que sí a todo.




Los representantes no éramos más que
ella misma, mi primo, mi tía, mi padre y yo. Lo que se hace por la familia.




Quedamos en el bar de enfrente para
preparar el teatro antes de que llegara la clienta. Repartíamos los papeles y
nos informábamos de quién era la chica que iba a venir a la consulta. El café
era una porquería, todo hay que decirlo.




Faltaban quince minutos para
comenzar la función.




El café me revolvió las tripas. Tuve
que salir pitando para el baño del bar. El váter estaba tan asqueroso como el
café que estaba actuando en mí tal como un desatascador de cañerías.




Como pude, me levanté la falda,
sujeté el bolso con la boca, me aproximé a la taza intentando no tocar nada.
Mientras, empujaba la puerta con la frente para que nadie entrase en el
habitáculo y, de esta guisa, me fui de varetas ipso facto.




En este preciso momento, otra, que
también iba con urgencia, intentaba abrirme la puerta. Golpeaba con los
nudillos y me aporreaba en la frente intermitentemente cada vez que entreabría
y entrecerraba la puerta.




Yo, como tenía el bolso en la boca,
le decía: ya voy. Pero no sé si ella lo entendía. Sonaba algo parecido a pa
poy.




Ella, desde fuera, vociferaba: ¿qué
dices?, venga ya que me meo, haber cerrado el pestillo.




Yo contestaba: pe noay petiyo,
coñoooooooo.




Me manché las bragas con la bulla,
me di un pellizco con el grifo y por poco me mato allí mismo por culpa de la
descerebrada que estaba al otro lado.




Cuando abrí la puerta, pensé que los
toros de los sanfermines se quedaban en pañales ante mi embestida. Miré a la
recalcitrante con los ojos inyectados en sangre. La Pili. No me lo podía creer.




La Pili había tenido un rollo con mi
novio antes de que yo saliera con él. Nosotras nunca habíamos mediado palabra,
pero yo no la podía ni ver. Así que, rebosando indignación, di un portazo
diciendo: la cisterna no funciona, que lo sepas. Era mentira. Le dejé todo lo
mío ahí bien visible y extendido porque me dio la gana, como premio por ratito
que me había hecho pasar.




Me dirigí hacia la consulta con
premura, porque con el episodio del bar se me había hecho tarde.




Allí ya estaban todos dispuestos. Me
habían asignado el papel de madre de la constelada. De modo que mi prima, sin
rechistar, me colocó un delantal nada más entrar y me dijo que empezábamos ya
pero ya. A todo esto, que entra la Pili en escena queriendo resolver los
conflictos que tenía con su familia desde hacía años.




Mi prima, ejerciendo de hermana, la
abraza y la anima con ternura. Mi padre, convertido en el padre de la Pili ante
mis ojos, le da la mano y la acompaña. La Pili se muestra mansa y agradable. Yo
miro los bajos de mi falda llenos de meado y un churrete que se me había
quedado en el brazo. Comienzo a hiperventilar sintiendo que me entra de súbito
una especie de preeclampsia.




Sin poder evitarlo, me dirijo hacia
la Pili como una apisonadora. ¿Conflictos familiares? Le grito arrancándola de
la mano de mi propio padre. Y una mierda es lo que tú tienes, so cabrona. Y en
esto que le zampo dos bofetadas, una del derecho y otra del revés.




Me quito el delantal de muy malas
maneras y salgo de la consulta dejando allí a todos los representantes con la
boca abierta.




Al día siguiente, mi prima me dijo
que la Pili se había ido de la consulta encantada de la vida. Se había hartado
de llorar y de decir que se merecía las dos hostias que le había dado su madre.
Que había pedido cita para la semana que viene y que contaba conmigo para la
siguiente sesión.




Yo le comenté a mi prima que había
conocido a una médica muy alternativa. Esta mujer practicaba la regresión in
vitro, que consistía en inducirte un estado de cuasi coma con la ayuda de la
hipnosis y de un poco de anestesia que cogía a escondidas del hospital en el
que trabajaba. Una vez que el paciente se encontraba en este cuadro, era capaz
de observar con más claridad los problemas que le atormentaban y dilucidar
nuevas soluciones a los mismos.




Mi prima se volvió a emocionar con
esta nueva técnica. Me dijo que la podíamos experimentar con la Pili, que se
mostraba muy entregada. Yo le dije que el rollo de la hipnosis era pan comido,
pero que lo de sacar la anestesia del hospital, ya lo veía más complicado.




Ella se acordó de una vez que
estuvimos las dos en coma durante un día entero por culpa de una apuesta que
hicimos con el Seba, mi novio. Así que todo solucionado. Llégate a por dos
botellas de JB, que yo me encargo del hielo y la cocacola.




Marchando. Llama tú a la Pili y dile
que le vamos a ampliar la constelación familiar con una regresión in vitro que
se va a cagar en las bragas.




La consulta va viento en popa. La
Pili acude a la terapia dos veces por semana y nos hemos hecho íntimas. La que
echaba el tarot y la exdiplomada en iridiología forman parte del elenco de
representantes. Las vecinas andan mucho más alegres por el barrio desde que
nosotras las tratamos en sesiones grupales, por supuesto.




Ahora la consulta comienza con Enya,
pero continúa con el Y tú de quién eres y finaliza con el Paquito el
chocolatero. Lo que yo te digo: un pelotazo.







Parece ser que en una
sesión de constelación familiar participan dos personas, el constelador/a (mi prima) y
el constelado/a (el cliente).
Los demás miembros de la familia del constelado son representados, bien por
muñecos como playmobiles, geypermanes, barbies o barriguitas (lo que haya más a
la mano), si la sesión es individual; bien por otras personas que actúan
como representantes, si
es grupal. En este caso no es necesario un contacto previo entre estas
personas; la dramatización familiar la puede poner en práctica cualquiera sin
ser actor ni nada.




Durante la sesión, el
constelador/a actúa primero como observador externo y más adelante como
participante directo, ocupando un lugar en la representación.
A través de esta técnica, se consigue una recreación total de los patrones
familiares, analizando la herencia de pensamiento que se ha producido sobre el
constelado y la carga inconsciente que este lleva.




Mi prima, una vez que se empolló
toda la teoría, preparó la habitación con velas aromáticas y música new age de
Enya. Metió en una bolsa de plástico los playmobiles viejos de mi primo y pensó
cuál podría representar al padre, a la madre, la abuela, el niño…Todo
controlado. Colocó en la puerta un póster que parecía de la guerra de las
galaxias y se puso manos a la obra.




La primera clienta que llamó por
teléfono no quería muñecos. Prefería una sesión grupal con representantes de
verdad. Mi prima, por quedar bien y por el ansia de iniciar el negocio, le dijo
que sí a todo.




Los representantes no éramos más que
ella misma, mi primo, mi tía, mi padre y yo. Lo que se hace por la familia.




Quedamos en el bar de enfrente para
preparar el teatro antes de que llegara la clienta. Repartíamos los papeles y
nos informábamos de quién era la chica que iba a venir a la consulta. El café
era una porquería, todo hay que decirlo.




Faltaban quince minutos para
comenzar la función.




El café me revolvió las tripas. Tuve
que salir pitando para el baño del bar. El váter estaba tan asqueroso como el
café que estaba actuando en mí tal como un desatascador de cañerías.




Como pude, me levanté la falda,
sujeté el bolso con la boca, me aproximé a la taza intentando no tocar nada.
Mientras, empujaba la puerta con la frente para que nadie entrase en el
habitáculo y, de esta guisa, me fui de varetas ipso facto.




En este preciso momento, otra, que
también iba con urgencia, intentaba abrirme la puerta. Golpeaba con los
nudillos y me aporreaba en la frente intermitentemente cada vez que entreabría
y entrecerraba la puerta.




Yo, como tenía el bolso en la boca,
le decía: ya voy. Pero no sé si ella lo entendía. Sonaba algo parecido a pa
poy.




Ella, desde fuera, vociferaba: ¿qué
dices?, venga ya que me meo, haber cerrado el pestillo.




Yo contestaba: pe noay petiyo,
coñoooooooo.




Me manché las bragas con la bulla,
me di un pellizco con el grifo y por poco me mato allí mismo por culpa de la
descerebrada que estaba al otro lado.




Cuando abrí la puerta, pensé que los
toros de los sanfermines se quedaban en pañales ante mi embestida. Miré a la
recalcitrante con los ojos inyectados en sangre. La Pili. No me lo podía creer.




La Pili había tenido un rollo con mi
novio antes de que yo saliera con él. Nosotras nunca habíamos mediado palabra,
pero yo no la podía ni ver. Así que, rebosando indignación, di un portazo
diciendo: la cisterna no funciona, que lo sepas. Era mentira. Le dejé todo lo
mío ahí bien visible y extendido porque me dio la gana, como premio por ratito
que me había hecho pasar.




Me dirigí hacia la consulta con
premura, porque con el episodio del bar se me había hecho tarde.




Allí ya estaban todos dispuestos. Me
habían asignado el papel de madre de la constelada. De modo que mi prima, sin
rechistar, me colocó un delantal nada más entrar y me dijo que empezábamos ya
pero ya. A todo esto, que entra la Pili en escena queriendo resolver los
conflictos que tenía con su familia desde hacía años.




Mi prima, ejerciendo de hermana, la
abraza y la anima con ternura. Mi padre, convertido en el padre de la Pili ante
mis ojos, le da la mano y la acompaña. La Pili se muestra mansa y agradable. Yo
miro los bajos de mi falda llenos de meado y un churrete que se me había
quedado en el brazo. Comienzo a hiperventilar sintiendo que me entra de súbito
una especie de preeclampsia.




Sin poder evitarlo, me dirijo hacia
la Pili como una apisonadora. ¿Conflictos familiares? Le grito arrancándola de
la mano de mi propio padre. Y una mierda es lo que tú tienes, so cabrona. Y en
esto que le zampo dos bofetadas, una del derecho y otra del revés.




Me quito el delantal de muy malas
maneras y salgo de la consulta dejando allí a todos los representantes con la
boca abierta.




Al día siguiente, mi prima me dijo
que la Pili se había ido de la consulta encantada de la vida. Se había hartado
de llorar y de decir que se merecía las dos hostias que le había dado su madre.
Que había pedido cita para la semana que viene y que contaba conmigo para la
siguiente sesión.




Yo le comenté a mi prima que había
conocido a una médica muy alternativa. Esta mujer practicaba la regresión in
vitro, que consistía en inducirte un estado de cuasi coma con la ayuda de la
hipnosis y de un poco de anestesia que cogía a escondidas del hospital en el
que trabajaba. Una vez que el paciente se encontraba en este cuadro, era capaz
de observar con más claridad los problemas que le atormentaban y dilucidar
nuevas soluciones a los mismos.




Mi prima se volvió a emocionar con
esta nueva técnica. Me dijo que la podíamos experimentar con la Pili, que se
mostraba muy entregada. Yo le dije que el rollo de la hipnosis era pan comido,
pero que lo de sacar la anestesia del hospital, ya lo veía más complicado.




Ella se acordó de una vez que
estuvimos las dos en coma durante un día entero por culpa de una apuesta que
hicimos con el Seba, mi novio. Así que todo solucionado. Llégate a por dos
botellas de JB, que yo me encargo del hielo y la cocacola.




Marchando. Llama tú a la Pili y dile
que le vamos a ampliar la constelación familiar con una regresión in vitro que
se va a cagar en las bragas.




La consulta va viento en popa. La
Pili acude a la terapia dos veces por semana y nos hemos hecho íntimas. La que
echaba el tarot y la exdiplomada en iridiología forman parte del elenco de
representantes. Las vecinas andan mucho más alegres por el barrio desde que
nosotras las tratamos en sesiones grupales, por supuesto.




Ahora la consulta comienza con Enya,
pero continúa con el Y tú de quién eres y finaliza con el Paquito el
chocolatero. Lo que yo te digo: un pelotazo.






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Cultura general

Cultura general

Relato
ganador en el XI Certamen de relatos cortos “Victoria Sendón”

Convocado por el Área de Servicios Sociales,
Igualdad, Vivienda y Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Écija, a
través del Centro Municipal de Información a la Mujer


Hace poco estuve en la sala de espera de la dentista y, por casualidad, cayó en mis manos una de estas revistas de cultura general que tratan temas de máximo interés, como el tipo de camisas que disimulan las cartucheras, las propiedades del pepino, las operaciones estéticas al alcance de todos, la dieta de moda o cómo combatir los efectos de la menopausia, la celulitis, la flacidez facial y otras delicias.

Dejar atrás el cerebro, enfrascarte en sus grandes fotografías, hipnotizarte ante la feminidad de sus mensajes y abandonarte sin más a la deriva de sus páginas es un ejercicio de desconexión que todos deberíamos practicar por lo menos una vez a la semana para poder sentir la lobotomía de sus bucles, maquillajes, trenzados y consejos variados.

El primer tema que tocaba la revista nada más empezar era el de una parte de la fisiología femenina que suele ser fruto de controversia: nuestras nalgas.

Cargamos con nuestro culo todo el año, pero en el mes de mayo es cuando más nos pesa y las revistas lo saben. Lo miramos, lo medimos, lo golpeamos, lo raspamos con un guante de crin siguiendo las instrucciones del papel couche. Alguna de nosotras es capaz hasta de darle descargas eléctricas (como se le hacía antiguamente a la gente loca) pincharlo, succionarlo y maltratarlo de mil maneras con tal de hacerlo desaparecer como dice la revista. Pero nuestro trasero, después de
tanto tiempo, nos tiene mucho cariño y le cuesta despegarse, así que, una vez probadas todas las soluciones que propone la publicación, sólo nos quedan dos opciones: volverle la cara o aceptarlo tal cual es, como hacemos con los maridos.

Yo, personalmente, he optado por la segunda opción. He empezado a buscar las ventajas que puede tener parecerse a una Venus de Willendorf y padecer esteatopigia.

En primer lugar, siempre tenemos un asiento mullido, aunque nos sentemos sobre una
piedra. También podemos ser la almohada de nuestros hijos a la hora de la
siesta. Podemos acompañar nuestra canción favorita con percusión corporal
(tocando el pandero) y alojar en nuestra hucha un millón de euros si los
tuviéramos.

Por otra parte y continuando con la lectura de la sala de espera, en la misma revista, unas páginas más adelante, dice que existen estudios que aseguran una relación directa entre el tamaño de las posaderas, la salud y la inteligencia.
De manera que se supone que tener unas buenas cachas ayuda a disfrutar de buena salud, previene el desarrollo de la diabetes y mantiene bajos los niveles de colesterol. Por lo visto, el omega 3 se acumula en las nalgas. Este ácido graso
interviene en el desarrollo y el buen funcionamiento del cerebro y por eso
somos más listas. El talento se manifiesta en forma de celulitis. El estudio
también asegura que los hijos nacidos de madres con caderas más anchas son intelectualmente superiores a los hijos de madres de caderas estrechas y que esta teoría justifica la preferencia masculina por los culos voluminosos, que obedece a un instinto primario para asegurarse la evolución de la especie y no tanto a un deseo libidinoso.

Una
vez leído el estudio, hice las paces con mis posaderas. Comprendí que cuando los albañiles me gritan desde la obra: “qué pedazo culo, morena”, en realidad se están fijando en mi capacidad intelectual, en la superioridad de mi estirpe y en mi capacidad para engendrar algún machote espartano y a la vez inteligente.

Por
otra parte, pienso en las tendencias que surgen, sobre todo ahora en la época estival, y me pregunto cómo puede ser que una característica tan típicamente
femenina, tan común y tan cotidiana como puede ser la acumulación de grasa en la retaguardia, no se haya puesto de moda todavía. Analicemos los fenómenos.

En la
página 23 de la edición que os estoy comentando se hace referencia a un
movimiento feminista que se llama sobaquember.
Se trata de romper con los prejuicios sociales que consideran antiestético una mujer con las axilas sin depilar. Lo máximo no es dejarse el pelo de la
sobaquera largo, sino que además hay que teñírselo con colores llamativos. La cosa es que Instagram ya está repleto de muchachas con las concavidades color naranja, rosa o violeta. Algunas se ponen los pelos de varios colores, como las mechas que le hacíamos con la cera Manley a las melenas de nuestros “pequeño
pony” y a las Barbies viejas. Otras se lo ponen a conjunto con el color del
cabello, incluso con el color del vello púbico. De forma que se colocan un
pelucón verde pistacho, un manojito de algas con forma de hoja de parra y un scotch-brite bajo el brazo. Todo de lo más natural, por supuesto, actual y moderno. No como nuestro horrible culo.

Otra
tendencia veraniega que lleva ya un tiempo circulando y que también aparece en
“Cultura general”, concretamente en la página 32, consiste en el tampodka, que es empapar un tampax en vodka e introducirlo en el orificio vaginal para así provocar una borrachera inmediata. Yo no sé si de camino se te desatrancará la tubería, en caso de tenerla atascada, se te desinfectará el circulillo y se quedará una vacunada
contra la sífilis; se exterminarán las ladillas, la candidiasis y otras
venéreas de por vida, se te ensancharán las trompas de Falopio y hasta las de Eustaquio si me apuras. Eso ya no lo explicaba el reportaje.


También

tenemos, en la página 40, el eyeballing,
que es tomar chupitos de alcohol por los ojos. Así que una chavala moderna de
hoy en día, si quiere estar totalmente “in”, lo que tiene que hacer es, en
pleno mes de julio, dejarse crecer los vellos del sobaco, teñírselos de un
color como rosa fucsia o azul eléctrico, irse de marcha con las amigas y, al
llegar al bar, hacerse una infusión en el cubata con el propio tampón, verterse lo que le sobre por los ojos y, ya para terminar, enrollarse con un colega que acabe de conocer al que le vaya el tema del oculolinctus,
que no es más que buscar el placer erótico lamiendo el globo ocular. Fuentes fidedignas aseguran que el oculolinctus proporciona
una sensación tan agradable como un beso de tornillo, pero es mucho más
innovador, dónde va a parar.


Lo que no

cuentan los usuarios de esta costumbre es cómo puede ser que se conocieran en una fiesta universitaria y que acabaran vendiendo cupones en la esquina del bar
en el que experimentaron ese amor a primera vista: “Mira qué cosa más tierna,
dos cieguecitos que se han conocido en la ONCE y ahora son pareja”, pensamos todos. Qué malas pasadas nos juega a veces la lógica.


En cuanto

a la moda de las pasarelas, véase la página 45, vivimos
en una época de contrastes en la que puede pasar de
todo. Por ejemplo, que lo que antes
se consideraban “defectos”, ahora estén de moda. Primero fue la 
diastema (los dientes separados,
con embajadoras que van desde Brigitte Bardot a Lara Stone pasando por Georgia May Jagger), después las 
cejas gruesas (la pionera fue Brooke Shields, y la reina de las cejas bold es
hoy Cara Delevingne) Actualmente, le toca el turno a las orejas grandes y/o despegadas. Si hace
unos años era uno de los motivos
más comunes de complejos en la infancia y su corrección la cirugía estética más
frecuente en menores de edad, el look Dumbo arrasa hoy sobre la pasarela y en las
campañas de publicidad de las firmas de moda.


Lo último, sin embargo, en la página 47, es lo de Gwyneth

Paltrow, que ha revelado que vaporiza su vagina para proporcionar una
“liberación energética”. Por lo visto, te

sientas en lo que es esencialmente un mini-trono, recuerdas los tiempos en los que dabas clases de gimnasia rítmica en el colegio, te relajas suavemente y una
vaporeta  polti, en una combinación de
infrarrojo con vapor y artemisa, limpia tu útero y equilibra tu vagina. “Si
estás en la onda, tienes que hacerlo”, afirma la Paltrow. Habrá que pensárselo.


¿Dije “lo

último”? Pues no, porque al pasar la página, la misma actriz continúa con un testimonio que le cambió la vida y que nos recomienda a todas para salir de nuestra monotonía, romper barreras y estar a la última en cuanto a tratamientos corporales se refiere: la hidroterapia de colon (prima hermana de la técnica descrita anteriormente)


Describe

dos tipos: la primera y más natural consiste en ingerir laxantes de hierbas,
polvos y cápsulas antiparasitarias, a la vez que te introduces un enema de
hinojo y tomillo. Cuando las infusiones laxantes y el enema se crucen en el
camino, se producirá el sortilegio mágico a través del cual liberarás tus
toxinas, recobrarás tus energías positivas, cerrarás tu kundalini para siempre y
se te pondrá el colon como una patena.


La segunda forma la practican en una clínica privada de Ibiza

y la recomiendan igualmente Pocholo y la duquesita de Alba. Otra cosa que habrá
que probar. Consiste en ingresar en la clínica y ser atendida por un
especialista en terapia de colon. El especialista te seda un poquito, te tumba en pelotas en una camilla y te introduce por el orificio una máquina que bombeará agua hacia el interior de tu colon. Esa manguera luego sacará el agua que está en tu tracto intestinal de manera que te lavará hasta el último escondite
de tu intestino grueso, delgado, medio y todo lo que haya entre tripa y tripa
alojado. Este remedio te garantiza una pérdida de peso inmediata, pero lo más importante es que reestablecerá la conexión entre tu laringe y tu
desembocadura. Vamos, que deberás tener cuidado si, una vez terminado el tratamiento, te da por jugar a eso de encestar un cacahuete en tu boca, no vaya
a ser que te lo tragues y te aparezca por el desagüe de manera instantánea.
Habrá que tenerlo en cuenta igualmente.


En fin, que andaba yo intentando asimilar los trucos para bajar el nivel de

colesterol, para aumentar el tamaño de las pestañas, reducir la piel de
naranja, eligiendo el color para las mechas de mi monte de Venus, pensando en
un licor que no me dañase mucho el cristalino, buscando la forma de irrigarme
el colon y vaporizarme la vagina en un dos por uno, lo típico, esperando encontrarme
ya con la sección del horóscopo, cuando apareció de pronto ante mis ojos,
rondando ya la página 50, un espacio que se titulaba Diseño de interiores. Sin embargo, no aparecían cortinas,
distribución de muebles ni dormitorios infantiles por ninguna parte. Un poco extrañada por la fotografía de una mujer enseñando sus partes íntimas, me detuve algo más en la lectura: “El paso del tiempo modifica el aspecto de tu zona íntima. ¡Que no te mine la autoestima! La medicina estética genital llega en nuestra ayuda para rejuvenecer allí donde lo necesitas”.

Además
de poder mejorar tu aspecto con una liposucción, un lifting o unas prótesis en las mamas, tú puedes ser mucho más bella y sentirte muchísimo mejor y más joven
si te haces de camino una clitoplastia, una liposucción en el pubis, un
blanqueamiento genital o un rejuvenecimiento vaginal.

Es
totalmente comprensible, tras una dura jornada de trabajo, lidiar con el
Mercadona, los tres niños y la familia política, que una llegue a su casa, se
quite la faja, los tacones y el maquillaje, se siente donde pille y se ponga a
mirarse los bajos, se deprima o se sienta acomplejada porque sus labios mayores
son más grandes que los de su hermana o tenga el clítoris más desarrollado que
el de su compañera de curro.

También
puede ocurrir en otras ocasiones, que en vez de tumbarte en el sofá a ver una peli en estado zombi, te pongas a darle vueltas a la cabeza porque has acumulado
grasa en el pubis, se te ha oscurecido el ano o tu capuchón clitoriano ya no es el que era. A mí me pasa constantemente, es totalmente normal.  Menos mal, que gracias a artículos como este,
una se entera de que se le puede realizar una reconstrucción en el monte, un engrosamiento del punto g y se le puede aplicar un peeling químico en los labios menores. También pueden ponerte inyecciones de un ácido para eliminar la
sudoración de tu vagina y hacerte, por decirlo de cualquier forma, un
resurfacing genital, eliminando tu epitelio para renovar su aspecto con láser y
terminar con un blanqueamiento de la zona con unos líquidos novísimos que ya
los quisieran los del Vitaldent para ellos. En definitiva, lo que viene a ser
lo mismo que ponerte todo lo de delante como una hojaldrina y todo lo de atrás
como un rosco de vino, pero en plan fino.

Tras
leer toda la información, me he quedado mucho más tranquila, porque con la pereza que da mover los muebles, ponerse a redecorar las habitaciones o
cambiarle la funda al sofá, meterse en un quirófano, que te propinen un chute de anestesia general y te reestructuren el conejo, la verdad es que suena hasta menos estresante de lo que yo me esperaba.

Una
vez procesados todos los datos y digerido lo que significa que yo me tenga que sentir acomplejada, desanimada y con la autoestima baja por tener el mejillón oscurecido, el diámetro del ojete unos milímetros más ancho que la media europea, el totete gordito y los labios mayores asimétricos respecto a los menores,
me puse a pensar si este tipo de cirugía existiría también en el género
masculino.

No sé.
Lo mismo ellos, en un arrebato de envidia mítica a la raza que se lleva la
palma sexualmente, corrían a ennegrecerse el pene químicamente. Quizás es más
frecuente de lo que yo pienso que los varones comparen su circunferencia
trasera en los vestuarios del gimnasio para ver quién la tiene más grande, como
se rumorea que hacen con otras partes de su cuerpo. Quizás, de vez en cuando,
se sienten hundidos porque su escroto está acumulando grasa o se vienen abajo
si a su glande le sale alguna estría o la fuerza de la gravedad atrae con todas
sus fuerzas a uno de los inseparables y al otro no. Podría ser que ellos
recurriesen a las inyecciones de ácido hialurónico para rejuvenecer el aspecto
y otorgarle más frescura y movimiento a su pene, o que se insertasen colágeno
en las partes colgantes para tensar el tejido y así poder conciliar el sueño y
recuperar su vida normal, la de antes, cuando todo estaba en su sitio y el
mundo genital era perfecto.

De
modo que he soltado la revista y he cogido el móvil. Me he puesto a investigar
sobre el tipo de tratamientos que los cirujanos ofrecían a los varones para la
redecoración y el adecentamiento de sus espacios interiores. Y he aquí lo
encontrado:

Primera opción: alargar el pene

Segunda opción: engrosar el pene

Tercera opción: alargar y engrosar el pene

En resumen, una mujer en boga puede anidar en las axilas dos

estropajos de scotch-brite si le da la gana, paliar los efectos de la
menstruación con vodka intrauterino, irse de chupitos oculares hasta que se le
desprenda la córnea, liarse con un emo al que le ponga chuparle las pupilas,
tener las paletas una aquí y otra en Pekín, las cejas como Bibi Andersen en sus
buenos tiempos y las orejas como Pepe Soplillo, vaporizarse la vagina,
irrigarse el colon, blanquearse el ano y recogerse los labios mayores en forma
de tirabuzón si le apetece, pero no puede tener celulitis, porque eso está
totalmente “out”.  Tampoco puede dejar de
medirse ni el triángulo ni el círculo, no vaya a ser que estén desparejados,
asimétricos, ennegrecidos o vete tú a saber qué. Ya sabéis todas que lo
importante está en el interior. Así que a practicar la introspección se ha
dicho.


Yo tenía pensado escribir aquí una conclusión, alguna frase especial que comparase las mil y una opciones que tenemos nosotras con las tres operaciones básicas de ellos. Pero, la verdad, no me siento con fuerzas para romper el mito de lo complicadas que somos las mujeres. Si a alguien se le ocurre algo, que lo escriba aquí sin compromiso ninguno. Mientras tanto, un abrazo a todas, independientemente de la medida, grosor, caída y orientación de vuestro clítoris.

P.D.

Y si

alguna tiene mano en “Cultura general”, cuando pueda, que dedique alguna letra
a las pechugas, a las lorzas, a los michelines (love handles en inglés), al
funcionamiento del cuerpo humano, a las cachas, al parto, a la amistad y al
amor.  También se admiten temas como las
maestras de la República, las mujeres de la generación del 27, las tertulias de
Doña Frasquita, las que tuvieron que hacerse pasar por hombres para poder
estudiar, como Concepción Arenal,  las
del voto, las políticas, las pintoras, las que se cansaron del sí de las niñas,
las que se empezaron a poner pantalones y se sacaron el carné de conducir,
también valen las directoras de orquesta y sus dolencias, las conductoras de
autobús, las científicas, las madres de familia, las buenas estudiantes, las
que han tenido que irse a Alemania y, como no, las que preferimos el pescaíto
frito y el tinto de verano antes que la crema anticelulítica, que, como suele
decirse, también somos hijas de Dios.

Os dejo, que me toca entrar ya en la consulta.



Almudena Ocaña Arias



Écija, 8 de marzo de 2017





 

El Relicario

El Relicario

Durante estos días de vacaciones, me he aficionado a
ver el programa de Iker Jiménez.

El espacio me ha enganchado porque trata sobre cualquier tema relacionado con el mundo del misterio y lo desconocido, entre
los que destacan conspiraciones, ocultismo, criminología, astronomía, ufología, parasicología, física y naturaleza. Lo mismo se centran en testimonios de personas que han sido abducidas y arrojadas de vuelta a la playa de Cortadura en la noche de las barbacoas del Carranza, que te propone un salto en la historia a través del estudio de las cuevas rupestres.

Con una sensación mezclada entre escepticismo, intriga, un poco de miedo y escalofrío, he visto en “Cuarto milenio” casos como el de las caras de Bélmez, los misterios de las pirámides de Egipto, la cara
oculta de Jesús de Nazaret, los mayores accidentes nucleares de la historia, las profecías de Nostradamus, el código da Vinci, el exorcismo de cinco muchachas, tres niños que habían resucitado o que volvían a la vida tras permanecer en coma durante años, un gato que sólo se acurrucaba entre las piernas del que iba a fallecer, apariciones de monjas difuntas en ascensores de hospitales, sicofonías en manicomios abandonados, la mujer de la curva y un castillo donde vivían extraterrestres desde hacía dos décadas.

He de confesar que he tenido que terminar de ver alguno de estos programas presionando fuerte el muslo o la mano de mi consorte.

Algunas experiencias terroríficas narradas por personas “normales”, como tú y como yo, acompañadas por fotografías o grabaciones de audio son capaces de producir en el sugestionable telespectador la más aterradora de las emociones.

Sin embargo, todavía a día de hoy no soy capaz de describir de forma coherente el efecto que produjo en mí la visualización del último capítulo, dedicado a las reliquias cristianas que andaban rodando y venerándose por el mundo.

Carmen Porter comenzó muy dispuesta ofreciendo una minuciosa información respecto a la sábana santa y el velo de la Verónica. Todo
parece estar científicamente comprobado: la posición del cuerpo, la situación de los clavos, el tipo de tejido, la descarga energética que tuvo que producirse para que la tela se impresionase con la silueta del difunto…

Posteriormente, su compañero dio paso a las espinas de la corona, los clavos de los pies, las astillas de la cruz, la lanza que le atravesó el costado y hasta la esponja del vinagre. Parece ser que justo tras
la crucifixión, cada uno optó por llevarse un recuerdo del momento, como el que fotografía el instante o se compra un souvenir para enseñárselo a los amigotes al llegar a casa. De modo que uno pilló cinco gotas de la sangre de Cristo que se veneran en una iglesia de Florencia; otro cogió un hilo de la tela con la que cubría sus partes y se encuentra en una vitrina de la catedral de Francia; otra pudo atrapar un pelo de Cristo, lo metió en una botellita y hace los milagros de los devotos de Castellón; otra mujer, que estuvo también en el barullo, empapó tres gotas de sudor del ajusticiado con un pañuelo que ha sido besado por todos los feligreses que fueron bautizados en la parroquia de un barrio perdido de Milán. Las localizaciones os las estoy contando un poco a voleo. Tendría que haber tomado apuntes.

El tema es que cada cual defiende la veracidad desus restos y sus milagros como buenamente puede. Nadie se baja del burro, así
que en total tenemos por el mundo sesenta y dos verdaderos dientes de leche del niño Jesús, astillas y palitos de la santa cruz como para fabricar cuatro arcas de Noé, seis manteles que se utilizaron en la santa cena, catorce cálices, mil cuchillos con los que se partió el último pan, la raspa de cuatro pijotas de cuando el milagro de los panes y los peces, incluso las uñas de los pies de cuando la Magdalena se los lavó.

La cosa se iba poniendo cada vez más interesante, así que me aproximé un poco más a la pantalla y subí el volumen para ver sobre qué otras reliquias podían hablar, porque ya no se me ocurría ninguna otra más.

Por lo visto, la palabra “reliquia” proviene de la palabra latina “reliquus”, que significa “quedarse atrás”.  Es una parte del cuerpo de una persona, o todo él, venerado por algún motivo; o bien algún objeto que, por haber sido tocado por esa persona o por otros motivos, es digno de veneración.

Yo creo que, atendiendo a esta definición, todos en algún momento hemos atesorado alguna reliquia, una foto, un anillo, un objeto de alguien a quien queremos o hemos querido para intentar mantener el vínculo con esa persona a través del objeto. Es lo que se dice “el valor sentimental de las
cosas”.

Hasta ahí, estamos de acuerdo. Pero una cosa es guardar en
una cajita un mechón de cabello de tu hijo recién nacido para recordar los
rizos con los que nació y otra muy diferente es guardar en un frasco la primera leche que brotó de tus pechos cuando te subieron a planta después de paritorio, el rescoldo de tu primera polución, el primer cagajón de tu retoño, el cordón umbilical o lo que sobró del prepucio cuando le practicaron la circuncisión.

La verdad es que hay gente para todo.

Mi amiga Carmela, sin ir más lejos, mantuvo durante diez años
una relación muy especial con su gato. Ella es soltera y Bicho era su única
compañía. Cuidaba al felino como si fuese su bebé: lo peinaba, lo acunaba, dormía con él como una niña abrazada a su peluche. Pero un fatídico día, Bicho se perdió. Cuando lo localizaron, en un veterinario de la localidad, no había nada que hacer. Bicho falleció al poco tiempo en los brazos de Carmela.

Mi compañera pasó un duelo de aquí te espero. No sé si lo
habría sentido tanto si se le hubiera muerto su madre. No tenía consuelo la
pobrecita.

En fin, que era incapaz de separarse del cuerpo del felino
que había sido su compañero durante una década. Habló durante un rato de la imposibilidad de enterrarlo ni de incinerarlo. No podía desprenderse de él. Quería quedarse con algún vestigio de su cuerpo, algo que la acompañase y que pudiera sostener entre sus manos en los momentos de dolor.

Tras darle muchas vueltas, pensó que le importaba todo un
pepino. Que ella lo que quería era quedarse con el gato entero. Así que, ni
corta ni perezosa, se puso en contacto con un taxidermista de El Arahal que se plantó allí en un periquete y se llevó al gato, más tieso que una mojama, en una neverita. Se lo devolvió a las dos semanas disecado, con los ojitos cerrados y enroscadito sobre un cojín de terciopelo.

Mi amiga se abrazó al monigote como si se tratase del amor de
su vida. Lo acurrucó, lo besó y lo colocó en los pies de su cama. Ahí permanece desde entonces. Ella le habla y lo acaricia como si estuviese vivo. Yo, cada  vez que entro en su habitación, es que no puedo ni mirarlo de la grima que me da. Una vez conseguí tocarlo y estaba más duro que una piedra, el animalito.
Pero ella está encantada. Me dice que en vez de tener un muñeco reborn, ella tiene a su gato, que es mucho más normal que fliparlo con un pedazo de silicona vestido de bebé. Yo qué sé. La cuestión es que así duerme cada noche, con Bicho sobre el edredón, con un ojito cerrado y el otro medio abierto. A veces, se desplaza con el trasiego del sueño y amanece en la mesita de noche, sobre la cabeza de Carmela, bajo la cama o entre las sábanas. Algo de lo más corriente.

Otro que dormía de una forma parecida a la de mi amiga era el
generalísimo Franco. Se cuenta que se agenció la mano incorrupta de Santa Teresa, a la que se atribuían poderes milagrosos y demás bondades. Al principio, Francisco respetaba y honraba la reliquia con una verdadera devoción. La conservaba dentro de una urna de cristal y cada noche se arrodillaba ante ella para rendirle culto y pedirle su protección.

Con el paso de los años, fue cogiendo confianza con la mano.
La paseaba por su casa fuera de la urna y la mostraba a los visitantes. Posteriormente, se refiere que Doña Carmen colgaba en ella sus collares y ensartaba sus anillos, como hacen muchas mujeres con las manos de porcelana que venden en el chino.
Hasta que, al final, terminó jugando con ella a “Hola, Don Pepito, hola Don
José”. Le servía para rascarse las espaldas, de compañía en las noches de desvelos y hasta para acariciarse la calva en los momentos de reflexión. Cuentan las malas lenguas que la llamaba cariñosamente “La Teresita”. Se rumorea que nuestro caudillo abandonó este mundo con su mano derecha entrelazada con la mano de la santa, recordando todos los buenos momentos que habían vivido juntos.

A lo que iba. El programa continuaba.

Tras citar varias reliquias más relacionadas con fluidos
corporales de santos y beatas, miembros embalsamados, cabezas incorruptas y demás lindezas, apareció la cola del burro en la que se montó Jesús (vulgo Borriquita), cinco gotas de la leche con la que María amamantó al niño y una pluma que se le habría caído al arcángel San Gabriel mientras batallaba con el diablo.

Al terminar con la retahíla, aparecieron imágenes de gente
rezando ante botellas vacías. Yo, al principio no comprendí bien la escena y se me vino a la cabeza el chiste del lepero que siempre tenía una botella vacía en el frigorífico por si llegaba alguien de visita y no quería nada.

Por lo visto, la primera botella contenía un suspiro de San
José y la otra, un estornudo del espíritu santo. La leyenda cuenta que dos
ángeles recogieron tanto el suspiro como el estornudo y los custodiaron hasta que unos monjes las encontraron en Nazaret. Yo pensé que mi cabeza ya había llegado al grado máximo de asombro.

Iker y Carmen resultaban de lo más convincentes. El programa estaba
culminando. Ambos se sentaron y nos recomendaron a los televidentes que nos acomodáramos igualmente para empaparnos bien de la historia que venía a continuación.

Yo llamé a mi marido, que estaba dándole los últimos toques a
la cena, para que dejara lo que estaba haciendo y viniera a darme la mano.

Nos colocamos los dos en el sofá, él en plan burlón y yo consumida por la histeria y el pavor.

“Y ya para terminar, presten mucha atención porque vamos a
presentarles la reliquia más emblemática de nuestra religión: El santo
prepucio”

A los ocho días, atendiendo al rito judío, el niño Jesús
habría sido circuncidado. La matrona que asistió el evento guardó el pellejito en una jarra de alabastro llena de nardos para que se conservase. Se plantea el misterio teológico de que si Jesús ascendió al cielo con su cuerpo completo o si se dejó el prepucio atrás. Algunos piensan que el prepucio volvió a su cuerpo el día de la resurrección y que subió todo junto. Otros abanderan la idea de que primero subió el cuerpo y a los dos o tres días subió el prepucio solo, pero que se desvió un poco de la trayectoria y se convirtió en el anillo de Saturno. No veas.

Sea como fuere, tenemos restos del prepucio en la Basílica de
San Juan de Letrán, en la catedral de Le Puy, en Santiago de Compostela, en Amberes y en un total de catorce vitrinas que han sido autentificadas como portadoras de la santa reliquia.  Nos ahorramos comentarios innecesarios acerca del tamaño del miembro que debió tener el chiquillo para que diera de sí catorce relicarios.

Aparte de su importancia física como reliquia, en ocasiones se ha asegurado que el Santo Prepucio ha aparecido en una famosa visión mística de Santa Catalina de Siena. En su visión, Jesús se casaba místicamente con ella, y le ponía su prepucio amputado como anillo de bodas.

Por otro lado, la Beata Sor Inés Blannbekin, un día, al comulgar, comenzó a rezar y a pensar en dónde estaría el prepucio. De repente sintió un pellejito, como una cáscara de huevo, de una dulzura completamente superlativa y se lo tragó. Apenas lo había tragado, de nuevo sintió en su lengua el dulce pellejo y, una vez más, se lo tragó. Esto lo pudo hacer unas cien veces, no se especifica si en el mismo día o en diferentes ocasiones. Fue tan grande el dulzor cuando la beata tragó el pellejo, que sintió una dulce transformación en todos sus miembros, especialmente en sus partes bajas, que se recubrieron inmediatamente de una salsa parecida a la que se prepara para el solomillo al whisky. 

Y con esto, terminó “Cuarto milenio”. Mi santo me puso por delante una tortilla francesa y unas finas lonchas de caña de lomo. Yo miré el plato y lo miré a él. Él soltó una carcajada. Me retiró el plato y se fue para la cocina cantando: Me voy a hacer un rosario, con tus dientes de marfil, para que pueda besarlo, cuando esté lejos de ti.



 

La midorexia y el chicharrón

La midorexia y el chicharrón

Espejito, espejito: “¿hay alguien más bella que yo?”

El prudente espejito estuvo un tiempo contestando que sí por compromiso. Desde hacía tiempo, las carnes de la reina presentaban pliegues, su rostro lucía bolsas bajo los ojos, patas de gallo,
arrugas en el entrecejo y le asomaba alguna cana entre las esmeraldas de la corona.

Sin embargo, cada mañana se afanaba
adecentando su imagen, con el propósito de que el despiadado espejo le devolviese una imagen impertérrita. Al principio fue fácil: un poco de
maquillaje, un tinte de dos en dos meses, una horita de gimnasio, crema
antiarrugas de día, luego la de noche. Más tarde vino el serum tensor, el corrector de ojeras, el iluminador, el contorno de ojos, el blanqueamiento dental, el efecto lifting, el rizador de pestañas, la ingesta de colágeno.

Pero llegó el momento en que a la reina se le
descolgó la juventud frente al espejo. La ampollita flash no le hacía efecto ni aunque la mezclase con clara de huevo y almidón.  Las patas de gallo se rebelaron ante la tensión de la cola de caballo perenne. El levantamiento de pesas y las clases
de zumba no pudieron elevar lo que caía debido a la fuerza de la gravedad y, finalmente, las bolsas de los párpados estaban decididas a salir de paseo, saltándose
todas las normativas impuestas por los potingues más selectos del mercado.

El pobre espejo no pudo aguantar más y un
nefasto día pasados los cuarenta, se fue de la lengua. A la pregunta de todos los días, añadió una coletilla para ver si colaba. De manera que cuando su majestad espetó: “¿hay alguien más bella que yo?”, el cansado cristal contestó lo mismo de siempre: “no”. Pero, tras una breve pausa, añadió: “No, ni ná”.

A la soberana por poco le da un ictus. El tiempo, tan perverso como de costumbre, le devolvía una imagen que no se correspondía con sus expectativas. ¿Quién era ahora la más bella?

La siniestra Blancanieves, nacida cuando ella
ya iba a la universidad, le había arrebatado el título. Su terso rostro
encandilaba todos los espejos: los de las casas, los de los probadores de las tiendas, los de los retrovisores de las motos. Hasta cuenta la leyenda que los espejos de la casa de los horrores de la feria se rendían a sus pies.

La reina, lejos de rendirse en el duelo,
duplicó las horas de gimnasio, fue a comprarse ropa al Bershka, buscó al cirujano plástico de Leticia Sabater para reconstruirse las partes de su cuerpo de las que ya ni se acordaba, lidió con el miura de la menopausia y le pidió amistad por Facebook a Albert Rivera.

Visitó una clínica de estética en la que le recomendaron los vapores vaginales, el lavado de colon y las picaduras de abeja
para estar totalmente “in”.

El efecto “antiaging” estaba totalmente
asegurado y ella comenzaba a sentirse como nunca. Abrió dócilmente sus orificios a vaporizaciones e irrigaciones variadas y venció diariamente la batalla a los
cambios físicos, emocionales y sociales que ponen a la mujer como si estuviera en una montaña rusa. Los picotazos de las abejas no le dejaban hueco para
pensar en la depresión, los trastornos de identidad, la ansiedad, el estrés, la baja autoestima, los trastornos hipocondríacos y el alto grado de vulnerabilidad que hacen sentirse insegura a cualquiera que haya pasado los 47.

El espejo comenzó a liarse.

La cincuentona reina deslumbraba a su paso.
Todos giraban su cabeza para admirar el aire de vencedora que desprendía, aunque se asemejase al de los vinos añejos o al de los perfumes de señora (ya salió la palabra) 

Salía de cachondeo sobre sus infinitos tacones de aguja. Doblegaba sueño y cansancio ante cualquier sarao. Se recogía la última frente a la galería, aunque recuperarse le costase días y días. Derrochaba vida y juventud, agarrando por los pelos cada minuto que transcurría. Era experta en ansiolíticos, vomitonas,  terapias alternativas, numerología y flores de Bach. Vocalista de un grupito de jazz, se intercambiaba falditas y culotes con su hija, que acababa de volver del Erasmus.

Se acostaba desnuda, con unas gotas de Chanel número 5.

Blancanieves a su vez, había empezado
mientras tanto con el rollo de los enanos y la verdad es que no tenía tiempo ni para mirarse al espejo.

Sus túrgidas carnes se expandían con el paso
de los años. Leía a Giorgio Nardone y no sabía con cuál de los 17 tipos de mujer identificarse. Cuando los enanos estaban en el tajo, ella se sentía como un hada, una amazona y hasta una ejecutiva. Sin embargo, a medida que iba
aproximándose la hora del almuerzo o la de doblar la ropa y plancharla, sus características personales iban transformándose, sin que mediara en modo alguno la menstruación, y se volvía la bruja más hedionda del planeta. A pesar de todo, una vez cada tres meses, venía a visitarla la el príncipe azul, y entonces otra vez se transformaba en la seductora, la lamedora,  la desbordante, la camaleónica y, finalmente, la
Bella durmiente que se hacía la inconsciente para que el muchacho volviese, no veas qué aburrimiento.

Por la noche le dolían las varices, se le caían los ojos, los tobillos se le hinchaban y tardaba siglos en leer los cuentos antes de que los enanos se quedasen dormidos.

Cuando no estaba el príncipe, se acostaba con el pijama de franela y los patucos. A veces, cuando estaba el príncipe, también. 

A Blancanieves de vez en cuando le llegaban
noticias de la reina: que si el botox que se ha puesto, que si la minifalda que lleva, que si todo el día delante del espejo, que si esa lo que tiene es la midorexia…

A la reina, también de vez en cuando, le llegaban noticias de Blancanieves: que si como el príncipe nada más que aparece
de vez en cuando paga la ansiedad con la comida y así se está poniendo, que si se cose la ropa en lugar de tirarla y comprarse otra nueva, que si usa la copa menstrual, que si ha dejado de depilarse…

La reina llamó por teléfono a Gwyneth Paltrow, y, tras conversar un rato
sobre la tendencia del "Oil Pulling" para blanquear los dientes, la sauna para curarse la gripe, los vapores vaginales y el  veneno de las abejas para estirar las patas de gallo, quedaron en una tasca para probar unos vinos.

Por su parte, Blancanieves
se tomó el día libre y se fue de tabernas con el enano machote (con el
intelectual se fue la última vez y acabó tomándose un Nolotil para el dolor de coco)

En casa se quedaron el snob, el calzonazos, el Pigmalión y el capitán aventuras (chuloputas para el vulgo). Blancanieves
iba a refrescarse el gaznate, acompañando la bebida con queso viejo y chicharrones de Chiclana, que todo no va a ser beber.

En un cambio de tercio, la reina y Blancanieves se cruzaron las miradas.

Blancanieves se quedó estupefacta con la cinturita de la reina y los trapos que llevaba.

A la reina se le fueron los ojos detrás del plato de chicharrones.

El cajón del frigorífico

El cajón del frigorífico

Hoy voy a hablaros de un libro que ha publicado una amiga mía. El libro se titula Cómo amanso a mis fieras.

Los lectores, la mayoría educadores y padres,  creen que
se trata de un método, un conjunto de experiencias para poder dar clase sin que ninguno acabe el curso en el psiquiátrico. Sin embargo, cuando intimas con la autora y conoces los sinsabores de su vida, los tejemanejes que urde para salir al paso de su torera profesión y cómo le reza a Beethoven en lugar de al Cristo de los Faroles, te das cuenta de que la mujer lo que ha hecho ha sido contar la historia del cajón de su frigorífico.

El año pasado se compró un frigorífico en las rebajas. Se trataba de un frigorífico muy grande y un poco antiguo, por eso sólo quedaba uno y por eso mismo estaba rebajado.

El vendedor le comentó que la gente empotraba el frigorífico en un mueble y que como este que estaba mirando llegaba casi hasta el techo, pues que no cabía en ninguna parte y así estaba, todavía en la tienda.

A ella le pareció un magnífico frigorífico, así que lo compró sin más dilación.

Se lo llevaron a casa entre dos forzudos. Le retiraron el viejo y le dejaron el nuevo instalado y funcionando.

La verdad es que era un frigorífico monstruoso, como lo son las clases de la ESO actualmente. En él podría caber perfectamente una persona de pie, sin agacharse ni nada, igual que a nosotros nos caben treinta y cinco niños si aprovechamos bien el espacio.

Además, el frigorífico tenía en la parte baja el congelador: cuatro inmensas gavetas “no frost” para guardar los paquetes de judías verdes de kilo y medio, las barras de pan extra largas, los botes de puchero que trae su madre de vez en cuando, los churros
para los domingos, etc.  El frigorífico era lindo de verdad. Pero, al poco tiempo, descubrió una pequeña pega en el perfecto electrodoméstico: uno de los cajones del congelador se atascaba. El aparato iba de maravilla, no hacía ruido ninguno, enfriaba estupendamente y entraba toda la comida, la suya y la de su
vecina si ella hubiera querido. Sin embargo, la primera casilla del congelador no encajaba bien. ¿Pero cómo puede llamarse cajón si no encaja? Pues sí señora, lo mismo que en nuestras clases: tenemos un aula magnífica, con pizarra digital, ordenadores portátiles, sillas y mesas para todos, materiales tecnológicos a tutiplén…  y alguna pieza que no encaja. A veces es solo una, otras veces se convierten en cinco, seis o siete, dependiendo de lo reciclado que esté el asunto. De manera que nos encontramos con una magnitud gigantesca, un frigorífico fuerte, potente, ingobernable, con un motor de doscientos caballos y una velocidad de aceleración increíblemente rápida, con una capacidad estupenda y un prometedor rendimiento. Pero al poco tiempo, nos encontramos con que nuestro artefacto trae también una pieza hiperactiva que no respeta los ritmos, otra más lenta que el resto, algún tornillo pasado de rosca de tantas vueltas que le han dado, dos palancas desmotivadas que están tirando de resto y alguna otra suelta que no sabemos lo que le pasa. El resto, hasta treinta y cinco, parece que está bien.

En fin, ella fue a la tienda a ver si podían cambiarle el cajón defectuoso, pero al no haber otro igual, tampoco tenían ninguna pieza de repuesto. Le ofrecieron la opción de descambiar el aparato, que todavía estaba en garantía, pero es que toda la
familia estaba encantada con él, con la excepción de la molestia del cajoncito, que ya estaba empezando a tocar mucho las narices.

Con el uso, fue poniéndose cada vez más rebelde. Su marido tenía cada pelotera con él, que incluso un día
temió que los vecinos llamaran a la policía. Cuando al cajón le daba por no abrirse, había que emplear toda la fuerza del mundo para sacarlo del hueco. Su marido comenzaba a lanzar al aire palabrotas sacrílegas y a dar golpes con lo primero que pillara hasta que el dichoso cajón, tras un largo rato de torturas
variadas, empujones, palmetazos y sudores, consentía abrirse, pero no mucho, lo justo para meter la mano y darle un tirón a la primera bolsa congelada que se pusiera a la vista.

A veces ponía de los nervios, otras, servía para entretener al niño. Las tardes de lluvia, proporcionó en numerosas ocasiones un buen rato de tranquilidad. Cuando su hijo se ponía pesado, lo mandaba a por algo ficticio que se encontraba en el primer cajón del
congelador y ahí se tiraba el angelito más de media hora intentando abrirlo, luego buscando y finalmente volviéndolo a acoplar en su sitio.

Porque eso es otra: a veces el cajón estaba gracioso y cuando se aproximaba uno hacia él (persignándose previamente y habiéndose crujido los dedos) cogía y se salía enterito al primer tirón.  Más de una vez la he visto tirada en el suelo, recogiendo los garbanzos congelados, más sofocada que si tratara de reunir las perlas de un collar heredado.  Y luego, para hacer que encaje en su ranura, no te digo nada.    Encaje de bolillos sería más fácil hacer antes que meter a ese energúmeno en su recuadro.

Su marido se dio por vencido, igual que hacemos muchos maestros cuando ya lo hemos probado todo, y su opción fue dejar de usarlo. Lo ignoraba por completo. Lo inutilizó con cinta americana, le negó la palabra y la comida y pasó meses sin ni siquiera mirarlo.

Ella lo desprecintó en cuanto pudo e intentó que se reinsertara, que volviera a intentarlo. En el fondo lo echaba de menos. Pero él, pasado el arrepentimiento tras el arresto, volvió a hacer de las suyas.

Cansada ya del disloque del cajón, llamó al técnico para que le echara un vistazo. El muchacho se quedó con él a solas. Lo exploró detenidamente y tras concluir su examen, ofreció su diagnóstico: no había nada que hacer. Por lo visto el cajón traía un golpe
dado de antes de llegar a su casa, no se sabe si se lo daría en la fábrica o en la tienda, lo cual le causó un traumatismo severo irreparable con el que tendrían que convivir de por vida.

El marido y ella se abrazaron al escuchar el veredicto final. Su madre, que allí estaba, sentenció:
“A este cajón lo que le pasa es que le hace falta mano firme y cariño”. Y tras decir esto, agarró un pedazo de tocino que había sobrado del guiso de berzas del almuerzo y, con mucha ternura, untó los bordes del gélido compartimiento. Luego lo agarró bien fuerte con las dos manos y lo puso sobre sus guías. Empezó a
empujar elegantemente ante la mirada atónita de todos. El féretro indómito pareció doblegarse ante el tocino y, de buenas a primeras, se deslizó suavemente por su canaleta, sin dar ruido ninguno, y se quedó en su sitio. La madre prosiguió su discurso: “Una hija con dos carreras y que tenga que venir la cateta de su madre a arreglarle el frigorífico con un pedazo de tocino y las manos tiesas como riendas de caballo. Habrase visto…”

Ella se quedó a cuadros y escribió un libro, el de Cómo amanso a mis fieras.

Porque lo bueno parece que es estar en consonancia, armonizar con el entorno, compactar, sincronizar y ajustar con lo que tengamos alrededor.

Sin embargo, hay piezas que por mucho que les demos porrazos, achuchones, les lancemos improperios, propinemos patadas o empleemos todas nuestras fuerzas, ni encajan ni posiblemente encajarán nunca. Tampoco podemos descambiarlas, porque no hay
repuesto para una persona. Y la cosa es que el grupo entero funciona, pero algún elemento molesta, este cajón no encaja… y tiene que estar aquí hasta que cumpla los dieciséis años. Se prueba con un castigo, una expulsión, un enfrentamiento, una ruptura, un alejamiento, ignorarlos por completo o inutilizarlos. Pero vuelven, a veces más rebeldes todavía.

Hasta que llega una cateta con un pedazo de tocino, dos bridas bien firmes y mucho cariño. A veces da resultado, otras veces no, porque también influye el estado de ánimo con el que
venga la del tocino, cómo se hayan comportado los otros electrodomésticos, si la del tocino está en sus días críticos o el hijo de la del tocino ha pasado una mala noche…

El tocino que utiliza últimamente esta pueblerina es la música. Es un recurso barato, emocionante, vivo, se encuentra por todas partes y lo único que necesita para aplicarse es mucho cariño y paciencia, toda la que una tenga en ese momento.

Lo más normal es que después de todo el tratamiento, una se encuentre con que el cajón que ha estado tratando continúe sin encajar. A lo mejor ensambló algún día que otro, pero tampoco mucho. Otro día quizás se vislumbró un atisbo de domesticación, pero tampoco para tirar cohetes. Hay potros que se mantienen salvajes toda su vida, porque son pura energía, en esos casos, lo único que podemos hacer es ayudarlos para que aprendan a manejarla.

Así es nuestra profesión. De vez en cuando nos encontramos con un maremoto y las herramientas con las que contamos son las mismas con las que cuenta un niño en la orilla: un cubito y una palita.

A veces nos trae más cuenta ponernos nuestro traje de luces (que cada uno lo tiene guardado en su imaginación) sacar nuestro capote de torero y lidiar la faena lo mejor posible.
Otras veces, podemos poner música y bailar con el tsunami, sacar al huracán al centro para que todos vean lo excepcional de sus giros, ponerle a la terremoto un tablao flamenco, al payaso un escenario, darle al ansioso una tuba para que controle su respiración, al que le duele la cabeza un cuenco tibetano para que
sienta las vibraciones hasta en las muelas del juicio y al que le duele el alma un quejío, un pañuelo y nuestra presencia para que se sienta acompañado. Eso sí, de uno en uno, porque si no, lo que nos van a tener que dar a nosotros es una tila, un trankimazin o una buena camisa de fuerza para que pasemos las fiestas con una vestimenta radiantemente exclusiva.

En definitiva, mucho ánimo a todos, felices vacaciones, feliz año nuevo y que Beethoven os acompañe, compañeros.

Aquí os dejo un enlace del libro por si queréis echarle un vistazo. 

http://eduplanetamusical.es/2015/12/10/como-amanso-a-mis-fieras-libro-sorteo-de-un-ejemplar-musikawa/#.VoO9NLbhDUI




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La Viagra femenina

La Viagra femenina

Hace poco publicaron el bombazo de Addyi, la viagra femenina que ha caído sobre la sociedad como agua de mayo.

Las pacientes a las que se les recomienda que se tomen la pastillita rosa son mujeres a las que se les ha diagnosticado un “desorden de deseo sexual hipoactivo”, una dolencia entre cuyos síntomas destacan un escaso interés por el sexo, tener pocos pensamientos o fantasías sexuales, sentir cada vez menos placer con las relaciones, etc. Se calcula que podrían sufrirlo alrededor del 43% de las mujeres españolas mayores de 40 años.

El efecto que causa la pastilla rosa es diferente al de la pastilla azul. La viagra, la azul, es un vasodilatador con efectos claramente comprobables. La pastilla rosa actúa a nivel del sistema nervioso central, algo muy parecido a un antidepresivo. Mientras la
Viagra se toma poco antes del acto sexual y dura unas pocas horas, Addyi ha de tomarse todos los días, haya o no sexo. Es el problema de padecer la disfunción sexual femenina.

Por suerte o por desgracia, el orgasmo y la forma en que el orgasmo se produce ha sido objeto de especulación durante miles de años. El diagnóstico de la histeria en las mujeres comenzó con Hipócrates y se ha asociado con la patología en la sexualidad femenina y la reproducción. Galeno, otro médico temprano, pensó que la histeria representaba una falta de satisfacción sexual en las mujeres que eran particularmente apasionadas. Se diagnóstico hace muchísimo tiempo y ya en aquella época se dedicaban los médicos a estudiar las dificultades de las mujeres con la sexualidad y el funcionamiento físico y emocional. En definitiva, hay una larga historia de los hombres que evalúan la experiencia sexual de las mujeres. El diagnóstico de la disfunción sexual femenina puede reflejar una forma moderna de la histeria hoy en día, época en la que las expectativas socioculturales amenazan con definir la experiencia sexual femenina.

Parece que todos saben lo que nos pasa, menos nosotras mismas. Ha llegado un momento en que nos tienen que decir hasta cómo y cuántas veces a la semana debemos sentir el placer sexual para ser normales. Me ha dicho un pajarito que el marketing farmacéutico anda frotándose las manos.


La cineasta Liz Canner trató el tema de las empresas farmacéuticas y el orgasmo femenino en su película de 2009 Orgasmo, Inc.  El tema de la medicalización del deseo sexual de la mujer y la idea perturbadora del tipo "correcto" de orgasmo no deja de sobrevolar nuestras cabezas.


Sin embargo, tras ver el documental, creo que las

mujeres no se muestran demasiado descontentas con su vida sexual, más bien parecen estar respondiendo a los ideales externos sobre lo que es normal. Y esto plantea la pregunta: ¿Las mujeres sabemos lo que es normal? ¿O sólo lo saben los hombres que nos estudian?

Hace poco salió el tema en una reunión de amigas,
mientras nuestra piara de niños campaba a sus anchas en el arenero del parque infantil. Una de ellas lo hacía solamente los sábados, porque entre semana es
que no hay tiempo. Otra lo hacía una vez al mes, que era el fin de semana que dejaban a los niños con los abuelos y había un poco de hueco. Otra no sabía muy
bien si lo hacía o soñaba que lo hacía, porque acababa el día tan reventada que había llegado hasta a quedarse dormida en pleno acto sexual. Otra lo hacía con
el marido, pero pensando en otro.  Otra lo hacía casi todos los días, porque se está sometiendo a un tratamiento de fertilidad, tiene cuarenta años y un esposo con espermatozoides vagos, así que se hincha de pastillas y pone el despertador para hacerlo cuando el médico le ha dicho que lo tiene que hacer para quedarse embarazada. Lo hace con el mismo
entusiasmo con el que friega los platos. La última de la reunión está soltera, vive sola, no tiene hijos ni pareja estable, y sin embargo, mueve la pelvis más que todas nosotras juntas.

Le preguntamos si es que se tomaba la pastillita rosa
o qué. Ella nos dijo que no, porque si te la tomas no puedes beber alcohol y es un rollo. Además, nos habló de los efectos secundarios: desmayos, nauseas,
somnolencia, fatiga, mareos, sequedad de boca… todo lo que tenemos nosotras cada día (y sin tomarnos nada)

Ella nos confesó que cambiaba de amante muy
frecuentemente. No era de las que lo hacía en la primera cita. Mantenía el periodo del cortejo durante un tiempo prudencial. Durante este tiempo, el tío
se lo curraba, para capturar a su presa: la invitaba, la llevaba y la traía a mandados variados, le preparaba la comida… la trataba como a una reina. Una vez
iniciados los encuentros sexuales, normalmente ellos no querían complicaciones más allá de una aventura pasajera, así que se largaban con viento fresco. Ella
se hacía la dolida por no herirles su orgullo y volvía a iniciar el proceso con otro muchacho diferente. De manera que casi siempre tenía todas las labores
domésticas cubiertas gracias a los cazadores furtivos que rondaban por los bares de copas o las redes sociales. La única ocupación que tenía era su rutina
laboral. El resto del tiempo era suyo.

Nos contó que ella intentaba llevar a la realidad una serie que había visto en la tele, lo que pasa que con los humanos sólo podía hacerse el tiempo que durase el flirteo, no mucho más. Nos habló de Real Humans. Es una serie de robots. En ella, los androides, conocidos como hubots, funcionan como sirvientes, trabajadores, compañeros, e incluso ilícitamente como parejas sexuales, con diferentes modelos que tienen características específicas diseñadas para sus diferentes papeles. Estos robots funcionan con electricidad y tienen el botón de on/of en la axila. Están programados para ser dóciles, para servirte y los puedes tunear para que satisfagan tus necesidades sexuales a demanda. Cuando llegas del trabajo te tienen la casa limpia, la comida en la mesa, te dan un masaje en los pies, te frotan la espalda en el baño, te sirven

una copita de vino mientras suena una música deliciosa, te cantan al oído todas tus beldades, te cogen en brazos y te llevan hasta el lecho conyugal en el que
te mecen suavemente todas las veces que tú quieras… y como son robots, no pueden dejarte embarazada. Además, si te cansas de ellos, les das al off  que tienen en el sobaquillo y se apagan automáticamente.

En la serie, ninguna de las mujeres que tienen un
hubot padecen disfunción sexual ni necesitan pastillas para querer hacer el amor.

Cuando escuchamos este último testimonio fue como si

retrocediéramos 20 años. Volvimos a la época de estudiantes de universidad, a la de nuestros primeros trabajos, a la época en la que teníamos tiempo para
depilarnos, ir al cine, leer… a la época en la que trasnochar no nos suponía una resaca de cuatro días de recuperación. A la época en la que dormíamos del
tirón y no nos despertaba nadie pidiendo agua, pipí o llorando porque hay fantasmas bajo la cama. A la época en la que no había crisis y la jornada terminaba a las tres, pero a las tres en punto y no había que ir por la tarde “por la empresa”. A la época en la que nos entraba el tanga de la talla M y los vaqueros de la 38. A
la época en la que no necesitábamos fortalecer el suelo pélvico tras los desgarros de los partos. A la época en la que el chocolate y Pretty Woman lo curaban todo… A la época en la que los muchachos, a veces, dependiendo de la época, eran un poco más que un hubot para nosotras y nos ponían tontorronas perdidas
con una guitarrita y un par de copitas de vino.

Pero claro, ahora estamos enfermas. Así que hemos
creado una plataforma de afectadas por la disfunción sexual femenina. Si eres una de las afectadas, si prefieres echarte una siesta a echar un pinchito, firma
aquí abajo. Las pastillas son muy caras y no creo que nos las pase la seguridad social, así que a ver si por lo menos nos dan la baja.

Feliz Halloween, monstruas. 

VENUS DE WILLENDORF

VENUS DE WILLENDORF


Últimamente me cruzo en mis caminatas matutinas con alguna compañera del parque infantil. Nos saludamos con un suspiro, porque más no podemos hacer. A veces cogemos resuello y atinamos a pronunciar alguna frase entre sudores y palpitaciones: “a ver si se nos cae un trozo de carne por el camino, comadre”. La otra levanta el pulgar como diciendo: “eso, eso”, y continuamos nuestra marcha.

Cargamos con nuestro culo todo el año, pero en el mes de junio es cuando más nos pesa. Lo miramos, lo medimos, lo golpeamos, lo raspamos con un guante de crin…alguna es capaz hasta de darle descargas eléctricas, como se le hacía antiguamente a la gente loca. Pero nuestro culo, después de tanto tiempo con nosotras, nos tiene mucho cariño y le cuesta despegarse, así que sólo nos quedan dos opciones: volverle la cara o aceptarlo tal cual es, como hacemos con los maridos.

Yo, personalmente he optado por la segunda. He empezado a buscar las ventajas que puede tener parecerse a una Venus de Willendorf y padecer esteatopigia. En primer lugar, siempre tenemos un asiento mullido, aunque nos sentemos sobre una piedra. También podemos ser la almohada de nuestros hijos a la hora de la siesta. Podemos acompañar nuestra canción favorita con percusión corporal (tocando el pandero) y alojar en nuestra hucha un millón de euros si los tuviéramos.

Por otra parte, existen estudios que aseguran una relación directa entre el tamaño del trasero, la salud y la inteligencia. De manera que se supone que tener un culo voluminoso ayuda a disfrutar de una buena salud, ya que previene el desarrollo de la diabetes y mantiene bajos los niveles de colesterol. Por lo visto, el omega 3 se acumula en las nalgas. Estos ácidos intervienen en el desarrollo y el buen funcionamiento de cerebro y por eso somos más listas, debido al omega 3 que tenemos acumulado en forma de celulitis.

El estudio también asegura que los hijos nacidos de madres con caderas más anchas son intelectualmente superiores a los hijos de madres de caderas estrechas y que esta teoría justifica la preferencia masculina por los culos voluminosos, que obedece a un instinto primario para asegurarse la evolución de la especie y no tanto a un deseo libidinoso.

Una vez leído el estudio, hice las paces con mis posaderas. Comprendí que cuando los albañiles me gritaban desde la obra: “qué pedazo culo, morena”, en realidad se estaban fijando en mí capacidad intelectual, en la superioridad de mi estirpe y en mi capacidad para engendrar algún machote espartano, futbolista y a la vez inteligente.

Por otra parte, pienso en las tendencias que surgen, sobretodo ahora en la época estival, y me pregunto cómo puede ser que una característica tan típicamente femenina, tan común, tan cotidiana como puede ser la acumulación de grasa en la retaguardia, no se haya puesto de moda todavía. Analicemos los fenómenos.

Hace poco me enteré de un movimiento feminista que se llama sobaquember. Se trata de romper con los prejuicios sociales que consideran antiestético una mujer con las axilas sin depilar. Lo máximo no es dejarse el pelo de la sobaquera largo, sino que además hay que teñírselo con colores llamativos. La cosa es que Instagram ya está repleto de muchachas con las concavidades naranja, rosa, violeta…Algunas se ponen los pelos de varios colores, como las mechas que le hacíamos con los plastidecores a las melenas de nuestros muñecos de “pequeño pony” y a las Barbies viejas. Otras se lo ponen a conjunto con el color del cabello, de manera que se colocan un pelucón verde pistacho y cuando van a despedirse de alguien a lo lejos, las sudorosas greñas parecen querer escapar de su prisión, pidiendo auxilio como moribundas raíces de regaliz chorreando tinte verde. En lugar de un “adiós”, parece un “socorro” y, mientras tanto, el brazo flácido continúa agitándose en alto, proporcionando un rato de respiración a ese manojo de algas sobaqueras, especie única en el mundo, desde luego.

Otra tendencia veraniega que lleva ya un tiempo circulando consiste en el tampodka, que es empapar un tampax en vodka e introducirlo en el orificio vaginal para así provocar una borrachera inmediata. Yo no sé si de camino se desatrancará la tubería, en caso de tenerla atascada, se desinfectará el circulillo y se quedará una vacunada contra la sífilis. Se exterminarán las ladillas, la candidiasis y otras venéreas de por vida, se ensancharán las trompas de Falopio y hasta las de Eustaquio si me apuras. Eso ya no lo explicaba el reportaje.

También tenemos el eyeballing, que es tomar chupitos de alcohol por los ojos. De manera que una chavala moderna de hoy en día, si quiere estar totalmente “in”, lo que tiene que hacer es, en pleno mes de julio, dejarse crecer los vellos del sobaco, teñírselos de un color como rosa fucsia o azul eléctrico, irse de marcha con las amigas y, al llegar al bar, hacerse una infusión en el cubata con el propio tampón, verterse lo que le sobre por los ojos y, ya para terminar, enrollarse con un colega que acabe de

conocer al que le vaya el rollo del oculolinctus, que no es más que buscar el placer erótico lamiendo el globo ocular. Fuentes fidedignas aseguran que el oculolinctus proporciona una sensación tan agradable como un beso de tornillo, pero es mucho más innovador, dónde va a parar.

 

Lo que no cuentan los usuarios de esta costumbre es cómo puede ser que se conocieran en una fiesta universitaria y que acabaran vendiendo cupones en la esquina del bar en el que experimentaron ese amor a primera vista. “Mira qué cosa más tierna, dos cieguecitos que se han conocido en la ONCE y ahora son pareja”, pensamos todos. Qué malas pasadas nos juega a veces la lógica.

 En cuanto a la moda de las pasarelas, vivimos en una época de contrastes, y en la que puede pasar de todo. Como por ejemplo, que lo que antes se consideraban “defectos” estén de moda. Primero fue la diastema (los dientes separados, con embajadoras que van desde Brigitte Bardot a Lara Stone pasando por Georgia May Jagger), después las cejas gruesas (la pionera fue Brooke Shields, y la reina de las cejas bold es hoy Cara Delevingne)… y ahora le toca el turno a las orejas grandes y/o despegadas. Si hace unos años era uno de los motivos más comunes de complejos en la infancia, y su corrección la cirugía estética más fecuente en menores de edad, el look Dumbo arrasa hoy sobre la pasarela y en las campañas de publicidad de las firmas de moda.

 

En resumen, una mujer en boga puede anidar en las axilas dos estropajos de scotch-brite si le da la gana, paliar los efectos de la menstruación con vodka intrauterino, irse de chupitos oculares hasta que se le desprenda la córnea, liarse con un emo al que le ponga chuparle las pupilas, tener las paletas una en Conil y otra en Trebujena, las cejas como Bibi Andersen en sus buenos tiempos y las orejas como Pepe Soplillo, pero no puede tener celulitis, porque eso está totalmente “out”. Yo no sé tú, pero yo no lo entiendo. 

Amigas mías de mi corazón, vamos a ponernos de acuerdo, como hacemos cada verano, para sacar a pasear en pandilla nuestras tremendas cachas, nuestras lorzas y michelines, nuestras papadas y nuestras pechugas, y vamos a remojarlo todo con mucha cerveza fresquita. Porque después de nuestros partos, nuestras horas de trabajo y nuestros quebraderos de cabeza, ya está aquí el verano. Y en nuestra pasarela de cubitos, palitas, toallitas húmedas, carricoches, pescaíto frito y tinto de verano, nosotras marcamos tendencia. La “Fashion Week” empieza en cuanto me digas.

Señoras y señores, puede que seamos ballenas, focas, gordonchas, gorditas, gordibuenas… somos princesas del Pacífico (ir a enlace y sabrás de qué te hablo javascript:nicTemp(); ), pero también somos Venus sobre la arena, auque nos queme y andemos a saltos, mostrando a todos el bamboleo de nuestras carnes. Aunque se nos escapen los niños, se nos vayan mar adentro y tengamos que llamarlos con un brazo mientras que sujetamos a la abuela con el otro. A pesar de todo, es así, no somos unas Venus cualquiera, somos las de Willendorf. Todos atentos, el desfile va a comenzar. ¿Te vienes con nosotras? Pues no sabes la que te espera.























































 

 

Embarazo psicológico

Embarazo psicológico

Hace unos cuantos meses, una amiga mía tuvo un embarazo psicológico. Se le hincharon las piernas, el vientre y todo lo que se inflama cuando se está en estado de buena esperanza. Aumentó el volumen de su abdomen, sus glándulas mamarias se volvieron turgentes, aumentó de peso y hasta notó en dos ocasiones los
movimientos fetales. A pesar de todo esto, desde el primer momento tuvo claro
que su embarazo era imaginario, aunque todos los síntomas fueran reales. Su
marido y ella se “apañaron” como suele decirse, tras el segundo parto, que fue
una pesadilla de la que terminaron bien escarmentados, de manera que no había
posibilidades físicas ningunas.

Sin embargo, ella desde hace un tiempo tiene un amor platónico. Suspira de vez en
cuando por un muchacho recurrente de esos con los que una sueña que pasa una
noche de literatura, alcohol, risa y promiscuidad. Todo se queda en la imaginación, porque con solo pensar las consecuencias reales que una nochecita de estas acarrearía en su vida real, se le baja a una toda la libido que la utopía mejor pintada le pudiera proporcionar. A mi, por lo menos,  ya me cansa una conversación interesante que dure más de una hora, no aguanto ni cubata y medio ni medio cubata, me canso de estar de pie y si tengo candidiasis cada dos por tres con pareja estable, no sé yo lo que sería capaz de tener por mis bajos fondos si me da por echar una canita al aire.

En fin, que ella pensó que su embarazo podría ser fruto de alguna de estas noches
furtivas en las que el subconsciente la traicionaba y se iba en busca del garzón con el pensamiento. Que todo era fruto de la noctambulidad y lo onírico y que al poco tiempo se le pasaría. Pero no. No fue así. En breve se encasquetó con un barrigón del quince totalmente ficticio, tal como había sido concebido.

Entre llantos le confesó a su marido todo lo ocurrido. Al principio le dijo que se lo
tenía merecido, por satirona. Luego le dio pena y se apiadó de ella, acompañándola al psiquiatra, que le recetó un tratamiento a base de Aerored y bicarbonato para ver si le provocaba un aborto espontáneo. Le dijo que a veces nos pasaban estas cosas a las mujeres porque nos tragábamos las palabras, se nos producía una infección en el estómago y nos daba la cara de esta o de otras formas. Le mandó también un
libro sobre la asertividad y ejercicios para descargar la agresividad que por lo visto tenía acumulada.

A pesar de todos los esfuerzos, su pseudociesis no cejó y se encontró de golpe
con nueve meses sin menstruación que le vinieron de perilla, porque le cogieron
todo el verano. Tuvo un antojo de sardinas asadas, otro de uvas moscatel y otro
de tarta al whisky,  y del tirón fue a comérselo todo, no fuera a ser que le saliera la mancha al niño fantasma que venía de camino. Además, como sabía que todo era de mentira, se bebió los mojitos que le pusieron por delante en la boda de su prima Aurora, se montó con los niños en los cacharritos de la feria de su pueblo y se comió todo el jamón, chorizo y salchichón que le dio la gana. Vamos, que tuvo un embarazo buenísimo. Lo malo fue la hora del parto.

Las contracciones empezaron emocionalmente a removerle todo el cuerpo. Tuvo una
bronca gordísima con una vecina a la que le tenía ganas desde hacía ya tiempo y,
en el mismo portal, rompió aguas de una forma torrencial. Se la llevaron corriendo a hospital, donde la estaba esperando el psiquiatra para ponerle la epidural en el pensamiento abstracto. Pero debió punzarle entre dos inquietudes, o en el hemisferio equivocado, no sé, el caso es que el parto inminente avanzaba sintiendo las enormes sacudidas internas, los fluidos desbordados, esa bola caliente que no sabía por qué parte del cuerpo salir. El cuello del útero no dilataba y a puntito estuvieron de meterle mano para realizarle una cesárea.
Pero fíjate tú por donde, que en aquel mismo momento le vino la iluminación y
empezó a soltar por la boca literalmente todo lo que podría haber parido. Todo
lo que podría haberle salido del mismo orificio vaginal en forma de niño, le
salió por la boca en forma de palabras. Como buena parturienta, comenzó a
desahogarse con el que me cogía la mano, que en cuanto que vio el percal, se la
soltó diciendo que el hijo imaginario no era suyo y se quitó de en medio bien
ligero. No estaba pariendo improperios, sino oraciones sintácticamente
perfectas, que habían estado madurando durante los nueve meses anteriores.  Mágicamente comenzó a dar a luz. Continuaron saliendo como lava de volcán muchísimas ideas referidas a los que estaban en la sala de espera, a sus seres más queridos, a los menos queridos, a los relacionados con el trabajo o con la vida en general. El alumbramiento fue costoso, largo y, sin embargo, totalmente certero. Ese niño incorpóreo puso a cada uno en su sitio.

Con todo lo que brotó ese día, está ella escribiendo un libro.  Anda un poco preocupada, porque no sabe si le darán la baja por maternidad, que sería lo suyo después de todo lo que ha pasado la pobre. Tampoco sabe si tendrá la depresión postparto y dentro de unos días empezara a pensar que lo que está escribiendo, todo lo que ha nacido, es una mierda y no lo quiera ni mirar. Ni siquiera sabe el nombre que le va a poner a la criatura, a lo ocurrido, a sus palabras. Lo mismo llama al muchacho recurrente y se lo consulta. Lo malo es que a ver cómo se lo explica: “Mira muchacho, que he tenido un hijo psicológico de la noche aquella que me pasé soñando contigo, así que tú eres el padre. ¿Alguna preferencia respecto al título? Porque si no, le pongo yo lo que me salga del alma (por no decir del coño), que estoy en racha”. 

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