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BALCONES ABIERTOS

Este gato...

Este gato...

Aquí os dejo este cuento que escribí cuando todavía sentía yo algo de simpatía por mi gato.

El gato quería parecerse a su dueño. Se enganchaba en los
pantalones, en los calcetines, en las pantorrillas y hasta en los dedos de los pies. Miraba desde abajo atentamente, esforzándose por aprender a hablar. Pensó que si se tragaba la letra “i” de “miau”, parecería un bebé tratando de decir “mamᔠy, engullendo lentamente la punzante vocal, consiguió ingerirla de tal manera que salió un “mᔠespeluznante, como el balbuceo de un niño que extiende los brazos hacia la madre pidiendo cobijo.

El dueño fue atravesado por un sentimiento cardíaco que hizo que la pierna que portaba al gato se convirtiese en una convulsión hasta que el animal salió despedido contra la pared de la habitación.En aquel momento esbozó su diagnóstico. Para estos casos no hacía falta veterinario: se había roto siete costillas, el espinazo y el rabo. Así que, acordándose de una canción popular que venía a cuento, se agazapó en el cesto de la ropa sucia tapándose los ojos con las patas delanteras.Pensó que el episodio de la pierna se había producido porque, aunque él fuese capaz de hablar, como un bebé, no tenía apariencia de bebé. De manera que, una vez superado el obstáculo de las palabras, se trazó un nuevo objetivo: parecerse a un niño.

Durante esos días estuvo observando a Eduardo, el niño de la familia, del que varias veces había oído decir que se convertiría en un gran hombre, justo lo que el gato quería llegar a ser. Y se le ocurrió la idea de que si conseguía parecerse primero a Eduardo, podría luego igualarse a su dueño, al que tanto admiraba.De forma que, a partir de aquel momento, acompañaba a Eduardo desde que se levantaba hasta que se acostaba, incluso cambió su lugar habitual de dormir para enroscarse cada noche a los pies de la cama del niño y poder llevar a cabo la exhaustiva investigación que se había propuesto.

Convertido en el perfecto detective, se percató de que el hijo de su dueño se lavaba los dientes por la mañana, se sentaba a la mesa, peleaba con su hermana, dormía chupándose un dedo y, algunas veces, se hacía pis en la cama. Nuestro gato pensó que todo aquello estaba chupado, como el dedo del niño, y que él era capaz de hacer todo eso, incluso mejor.Una mañana, se decidió a poner en práctica todo lo que había aprendido y, sin que nadie lo viese, cogió uno de los cepillos de dientes que había en el cuarto de baño y se dispuso a rociarlo con la pasta dentífrica. 

Disfrutaba imaginándose la cara de orgullo de su dueño cuando lo viese tan acicalado y con los dientes blancos y relucientes como perlas después de habérselos lavado.Con sus pequeñas zarpas, tuvo que hacer un gran esfuerzo por sostener el cepillo en equilibrio, hasta que, finalmente, el cepillo cayó al suelo con la pasta  y el elixir bucal que había preparado para rematar la faena.Con todos los accesorios esparcidos por el suelo, se puso un poco nervioso, así que pensó en dejar a un lado el cepillo y dedicarse a lamer la pasta y el elixir, de todas formas, tampoco era tan importante la cuestión del cepillo.Una vez ingerido un poco de cada ingrediente, comenzó a sentir unas náuseas tremendas, provocadas por el picor mezclado con el escozor del antiséptico y el mentol. 

Le abrasaba la lengua y la garganta, su pelo se erizaba y le venían contracciones de parturienta que le recorrían su cuerpo desde la coronilla hasta el rabo… y, por fin, se hizo realidad lo que durante unos minutos presintió. Un vómito implacable salió expulsado de su boca felina confundiéndose con los higiénicos espumarajos, nublándole la visión y provocándole un malestar generalizado que le hizo caer al suelo.Cuando volvió en sí y vio el esperpéntico espectáculo quehabía montado en el cuarto de baño, se le ocurrió que podría limpiarlo todo con la toalla del lavabo y así nadie se daría cuenta de lo mal que le había salido la experiencia de lavarse los dientes como si fuese un niño. Tiró de la toalla y tapó con ella el vómito, la pasta de dientes, el elixir y los espumarajos. Se aseguró de aplastarla bien acostándose sobre ella, de manera que la olorosa mezcla traspasó la tela y se incrustó en su aterciopelada piel, quedando impregnado por la panza igual que el suelo, el lavabo por su parte baja y la toalla.

Pero él era un gato tenaz, no iba a darse por vencido con el primer fracaso. Con paso decidido y suponiendo que nadie iba a percatarse del aspecto que llevaba, se dirigió hacia la mesa de la cocina, dispuesto a sentarse y compartir el desayuno con los demás miembros de la familia.
El rostro de sorpresa de todos los que allí estaban se acercaba muchísimo a los que salen en las películas de terror. La madre fue la primera en tomar la iniciativa y, con un golpe seco y un grito asustó al gato, que no entendía por qué la familia, su familia no era capaz de ver los esfuerzos que estaba realizando para ser como ellos. Tras el susto provocado por el repentino estrépito, volvió a la carga, convencido de que si se alisaba el flequillo y se mesaba los bigotes, daría una mejor impresión, dejarían que se sentase con ellos e incluso le servirían una taza de café con leche.

En el segundo intento, la cara de asombro y enfado se multiplicó por cuatro. Casi le da un infarto al escuchar las voces al unísono de los cuatro miembros. Le dio la impresión de que nunca antes los había visto tan compenetrados como en ese instante. Tenía que reaccionar rápido si no quería que la escoba que abanderaba su admirado dueño se estampase sobre su cabeza.
De pronto, pensó en otro recurso. Tendría que hacer algo que hiciera Eduardo, algo que demostrase que él sabía hacer las cosas que hacían los niños, que podía ser como una persona, que quería ser una persona. Se le vinieron a la mente las peleas  que solía tener Eduardo con su hermana. Era algo cotidiano, algo que todos los niños hacían y no pasaba nada. Pensó que pelearse era normal y, justo antes de que la escoba realizase su impacto, se encaramó con la velocidad de una estrella fugaz sobre los tirabuzones de la hermana de Eduardo.
Lejos de aplacarse los ánimos con esta acción, lo que consiguió fue provocar una hoguera de objetos en el aire, alaridos descomunales, llantos descontrolados y un gigantesco brote de histeria familiar en crecimiento progresivo.

No le quedó más remedio que salir corriendo hacia la planta de arriba. Volvió la vista  atrás y se acordó de un cuadro que explicaron en la televisión, algo parecido a  la inquisición dando caza a una bruja. Su corazón de gato que quería ser persona latía como el redoble de un tambor, sus patas se precipitaban por el pasillo y no atinaba a decir “ma” en uno de sus últimos intentos de ser escuchado. Sin saber ni como, fue a parar a la cama de Eduardo y se cobijó entre las sábanas recién puestas en orden.

El ejército se aproximaba a la puerta de la habitación, energúmenos coléricos enrojecidos frente  al gato enroscado buscando la clave que deshiciera semejante entuerto.
Una bombilla se le encendió por encima del flequillo que se le acababa de despeinar. Eduardo se hacía pis de vez en cuando y todos se mostraban muy cariñosos y comprensivos con él. Acechaba la escoba, las manos en alto, los gritos punzando los oídos… Un líquido caliente resbalaba entre sus patas traseras y un charquito amarillento formaba una mancha en forma de sol en el centro de las sábanas blancas.
Sin embargo, no hubo cariños ni arrumacos.
El cuarto trastero estaba húmedo y oscuro. Las fotografías  de los abuelos parecían devolverle la imagen burlona de la forma que tenían las personas.

El gato, durante los días en los que estuvo viviendo castigado,  apartado del mundo, no hacía más que cuestionarse cómo el gato con botas podía haber llegado a ser un personaje tan famoso.
Tal vez si se calzase unas botas…


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