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BALCONES ABIERTOS

La feria del pueblo

La feria del pueblo

Una de las cosas buenas que está teniendo este mes de primavera-otoño-verano-invierno-primavera… es que tengo que estar continuamente sacando y guardando ropa para adaptarme a los cambios de temperatura. Al trastear tanto en armarios y cajones, de camino voy haciendo limpieza y metiendo en bolsas prendas que hace años que no me pongo ni creo que me las vaya a poner nunca más, ya sea por la talla o por el tipo de prenda. En realidad es algo bueno, no por la actividad en sí, sino porque al hacer esto, una toma conciencia de lo que tiene, de las cosas que ha ido guardando durante temporadas y ahora están todas revueltas, igual que el tiempo.  

Yo no le encuentro ningún aliciente a estar todo el día saca la rebeca, guarda la chaqueta, saca las camisetas, guarda las camisas, saca otra vez las camisas, guarda las camisetas de tirantas, saca las de media manga…y con los zapatos…ni te cuento: que por la mañana me pongo las botas porque hace fresco, que si a mediodía me están sudando los pies la gota gorda y me tengo que poner las sandalias, que llego a casa y no sé si ponerme las babuchas de invierno o colocarme las chancletas de la playa. Qué desbarajuste. Sin embargo, ha salido del altillo la camiseta que llevaba puesta cuando aprobé las oposiciones, la camisa que llevé al hospital el día que me puse de parto, los calcetines que me coloqué nada más nacer mi hijo y que no me quité en los cuatro días que estuve ingresada (todavía recuerdo lo frío que se me quedaron los pies), una chaqueta tipo “lobo marino” que se llevaba a principio de los 90 y que las noches de juerga intercambiaba sin discriminación alguna porque todos llevábamos una igual, un poncho alpujarreño que me compré en Capileira…y dos trajes de gitana: uno precioso que me hizo mi madre de tela italiana, alegre y pesado, y otro que parece de papel, fresquito y minifaldero que me compré en los chinos por 6 euros y con el que viví la mejor feria de Córdoba de mi historia.

Casi al mismo tiempo, apareció una fotografía de la feria del pueblo, donde salíamos todos los primos con siete u ocho años, con los cachetes bien colorados y vestidos con los trajes típicos de faralaes. Al mirar la foto y observar lo rojo que estábamos todos los chiquillos, por no decir el sofocón que teníamos en lo alto, en pleno agosto, a las seis de la tarde, con esas flores en las cabezas, esos mantoncillos al cuello, esos sombreros y esos zahones bien apretados…

Todavía recuerdo a mi madre vistiéndome antes de bajar a montarnos en los cacharritos. Aún sigo pensando que si me hubiese sujetado la flor a la cabeza directamente con una chincheta, seguramente que me habría hecho menos daño que con las miles de horquillas repartidas por todo el pelo. El moño debía quedar bien tieso, por lo que me pinchaba unos alambres curvos que me hacían la acupuntura gratuitamente en la nuca cada vez que la atracción del látigo cogía una curva. Luego me maquillaba, me ponía rabillos y carmín, y para rematar, cogía un lápiz de ojos, lo chupaba un poquito y me plantaba un lunar en la mejilla que no se lo saltaba un galgo.

Finalmente, había que ponerse el traje de gitana, que lo dejábamos para el final para no mancharlo o ponerse a sudar como en la sauna antes de salir de
casa. En el mismo instante de colocarme el traje, comenzaban a correr las gotas de sudor por la frente y las sienes, con lo que en el momento de agacharme para abrocharme los tacones (que esa es otra historia), normalmente caía sobre el vestido un goterón gordo de sudor de color indefinido que me adornaba particularmente la pechera. Y así ocurría año tras año, agosto tras agosto, en esa feria de ese pueblo de la campiña sevillana, en la que alcanzábamos los 42 grados a la sombra y en la que rozarse con cualquier objeto metálico de la calle (farola, señal de tráfico, coche…) equivalía a hacerse una quemadura de primer grado, como si hubieras tocado el pico de una plancha. Así que imaginaros el cuadro: con ocho años y diez kilos de sobrepeso, destilando sudor por todos los poros de mi piel, con la cara llena de churretes del maquillaje corrido, el lunar postizo convertido en un reguero de hormigas con dirección al cuello, con un vestido que pesaba casi lo mismo que yo, un cancán o refajo para darle aún más volumen, unos tacones de plástico que me hacían un daño indescriptible en los pies y andando hasta la feria, "a pasárselo bien". A los cinco minutos ya estaba pidiendo tiritas para las cebaduras del talón y en cuanto que podía, me sentaba un poquito en cualquier sardiné (sardinel) para tomar algo del aire calentorro que corría por la calle, que más bien era como un fuego que emanaba del asfalto y se te metía en la nariz quemándote hasta los pelillos que todavía no te habían salido. En cuanto que podía, me ponía los zapatos en chanclas y me desabrochaba los zarcillos, que eran de pellizco y, como su propio nombre indica, me maltrataban las orejas cortándome la circulación de los tímpanos, el caracol y hasta de los huesecillos interiores. Me arrancaba disimuladamente alguna horquilla traicionera y me levantaba la falda como la que estaba jugando,  para darle un poco de respiración a esos muslos de elefanta malherida.

Cuando por fin llegábamos a la feria, a la calle del infierno (nunca mejor dicho) a nuestras madres lo único que se les ocurría era ponernos a posar para que nos hiciéramos una foto. Los niños, desvencijados y medio asfixiados, al borde del colapso, nos colocábamos mansamente, porque ya no teníamos fuerzas para otra cosa, donde nos decían los mayores. Alguno resoplaba, otro se abanicaba con su propia mano…pero ninguno sonreía. Hasta que de pronto, alguna de las madres, seguramente que sería mía, decía: “Anda niños, malajes (mal ángel), reíros un poquito, que estamos en feria”. “Niña, no te quejes tanto, que para presumir hay que sufrir”. Así que cada uno como podía, esbozaba una tierna sonrisa para la posteridad, que luego se guardaba cuidadosamente en un cajón para poder enseñársela a la familia en cualquier ocasión y decir: “¿Os acordáis de lo bien que nos lo pasábamos todos los niños cuando íbamos juntos a la feria a echar el día?”. Y todos los que estábamos allí retratados decíamos: “Sí, es verdad, estupendamente”. Digo yo que eso sería porque los pensamientos del momento se quedarían taladrados entre las horquillas y el cabo de la dichosa flor de alambre y  en esas condiciones, cualquiera se atreve a salir por la boca. Yo me los imagino diciéndose unos a otros: “Quiyos, quietos y callados, que aquí las madres tuestan a los niños, los pinchan, les hacen el martirio chino comenzando por las orejas y terminando por los dedos de los pies, les tapan la cabeza con un sombrero, los montan en un caballo grandísimo, le dan tres vueltas en el látigo y dos en la noria y, después de todo eso, les hacen una foto, las pedazo de sádicas”. En fin...a todos los que vayáis a la feria de vuestro pueblo por estas fechas, sólo os digo una cosa: a ver si le compráis un heladito a vuestros niños, o una granizada mejor.  Respecto a lo demás...no os digo nada. 

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2 comentarios

Rosa Ocaña -

Almudena, estas guapisima en la foto que ilustra este relato. Ya estaba yo echando de menos sentarme por las noches cuando todos se acuestan y leer algo que merezca la pena. Respecto a la fotografia de la feria del pueblo en la que salimos todos los primos con siete u ocho años, creo que la he visto ultimamente rulando por "feisbuc", y apesar de la "caló" (42º a la sombra en pleno agosto), las horquillas clavadas en la cabeza, la flor, los pendientes de pellizco en las orejas, el traje y todo, tengo que decir que yo de vez en cuando volvería a aquellas ferias del pueblo en la plaza vieja, a las casetas en la avenida y a los cacharritos en los terrenos de la renfe. Volveria por ver la ilusion con la que nuestras madres nos ponian mas guapas que ninguna y disfrutaban de nuestra niñez. Ahora soy madre de dos niñas y cada feria del pueblo repito todo el ceremonial con ellas y lo que mas me gusta es pintarles los rabillos de los ojos y el lunar en la mejilla, despues de chupar el lapiz, claro. En fin, supongo que cada epoca tiene su encanto. Espero impaciente tu proximo relato, que como esto siga así, el proximo libro que publiques que sea una recopilacion de todos ellos. Como siempre besitos y enhorabuena.

CARMEN -

Que arte tienes. Tienes que contrastar esta historia con tu madre, haber como lo recuerda ella. Yo que he estado en feria este fin de semana, quiero ir a tomar un refresquito y algo de comer a una caseta y Laura aunque cuando vamos para casa esta cansadisima y no puede andar, no quiere perder tiempo de montarse en los cacharritos hasta el último segundo. Desde que entra en la feria, se posee y no baja el brazo de señalar todos los cacharritos, pidiendo montarse en todos indiscriminadamente, infantiles y de adultos, el barco pirata, los coches de choques de los mayores,.... todo los que ve a su paso e irremediablemente al bajarse de alguno, quiere repetir. Ruinazo. El otro día, en lo último que se monto fue en un castillo hinchable, donde como había pocos niños la dejaron 30 minutos, pego un salto del borde del castillo y pego con la cara en el suelo se araño toda la nariz y cuando la recogimos para irnos de allí salió protestando que había estado poco, ni dolor, ni nada.
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