Blogia
BALCONES ABIERTOS

¿Nos despiojamos?

¿Nos despiojamos?

Creo que lo más interesante que he hecho esta semana ha sido peinarme las cejas con el peine de quitarle los piojos a mi hijo. Ya nos han llegado tres notitas de la señorita avisando de que una plaga de liendres y piojos acecha la ciudad, de manera que como somos tan precavidos, hemos adquirido la costumbre de pasarnos la lendrera minuciosamente cada tarde todos los miembros de la familia. Al principio era como un juego, cogíamos el peinecillo de púas afiladas y como los primates del zoológico, nos expurgábamos de uno en uno, el papá a la mamá, la mamá al niño, el niño al papá… para quitarle hierro al asunto y que resultara ser una operación lúdica más que sanitaria.

Poco a poco le he ido cogiendo el gusto al asunto, porque es que el dichoso peinecillo provoca cada escalofrío... que no me extraño yo de que los piojos salten solos cada vez que se me eriza el cuerpo entero.

Así que el otro día, probé a peinarme los pelos de los brazos y las piernas con la lendrera del niño. No sé si sabéis que ya he vuelto al curro, al oficial. Se me acabó la excedencia por cuidado de hijos y ahora soy pluriempleada a tiempo completo, pero completo, completo, completísimo.  Vamos, que cuando digo que me paso la lendrera por los pelos de los brazos y las piernas… sobran las explicaciones acerca de la cantidad y longitud de mis pelos. Creo que si me soltaran en Gibraltar en pelotas, me declaraban especie protegida.

lo que iba, despiojarse relaja un montón. En la parte de la nuca hace un efecto que es prácticamente el mismo que conseguiríamos con un cuarto de myolastán o medio lexatín.

La otra mañana me levanté muy cabreada por varias cosas que no merece la pena comentar, bueno, os las cuento rápidamente para que me entendáis: el niño sueña por la noche y se despierta tres o cuatro veces pidiendo agua, que lo tape, arroz con tomate o que le eche una cervecita (no sé yo a quién habrá podido escucharle esta frase). Me llama a voces y luego se pone a murmurar lo que quiere entre dientes, porque realmente está dormido. Yo le sigo la corriente porque me da cosa de que sea sonámbulo y por eso que dicen de que despertar a un sonámbulo es lo peor que hay. Así que le arrimo el vasito o la botellita de agua y se la enchufo con los un ojo cerrado y el otro medio abierto. Que ya me ha pasado más de una vez que le meto el pitorro de la botella por la nariz en vez de por la boca.

En fin, que me levanté de una mala leche que no veas. Así que a las siete y media de la mañana pensé que a lo mejor si me pasaba la lendrera mágica, que es como la llamamos los que la conocemos, se me aliviaba un poco el enfado o me desaparecían las malas pulgas, nunca mejor dicho.

Comencé la operación por la melena, incidiendo en la nuca y en las sienes, continué por los hombros, los brazos, subí otra vez y empecé a peinarme la cara: las patillas, el pelo que me sale en la barba, que solo es uno pero muy insistente, el bigote de María la portuguesa, el nacimiento de la pelambrera y…las cejas.

Qué descubrimiento. Totalmente recomendable. Si estás cansada, no has dormido bien y tienes acumulación de mala leche en tus entrañas…cómprate un quitapiojos y expúrgate las cejas. Puedes comenzar poniéndotelas hacia arriba, como los vampiros, luego pásate el peine a contrapelo y finalmente, concluye con un arqueado lateral en el sentido del vello. Esto último, además de relajar, te deja las cejas muy bien puestas. Si Frida Kahlo o la Pantoja hubieran conocido esta técnica…

Para terminar, os contaré que desde que tengo la lendrera, mi vida conyugal ha mejorado considerablemente. Porque ahora, desde que usamos este artilugio y ponemos en práctica el arte del despioje, todos estamos mucho más tranquilos. Si en algún momento hay bronca, yo espero a que se pase el caldeo. Cuando ya ha transcurrido un tiempo prudencial, en lugar de ver si lo hablamos, le digo: “que dice la señorita que nos observemos a ver si tenemos piojos, ¿quieres que te mire con el peinecito?” Él me contesta siempre: “vale”. Así que las púas entran en acción y el  momento parece detenerse. Al principio nos mantenemos en silencio, todavía algo enfadados. Pero luego, esos dientecillos afilados comienzan a hacer de las suyas. Los pensamientos se aflojan, las palabras parecen caer suavemente y, a pesar de no encontrar ningún parásito, siempre terminamos diciéndonos: “mañana me miras otra vez a ver si tengo algún piojo ¿vale?”. Si el que tiene que confirmar la actividad es el que acaba de despiojarse, el “vale” final se dice acompañado de un presuroso refregón de manga sobre la aletargada comisura de los labios de la que va a salir un goterón de baba de un momento a otro. 
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

1 comentario

Chari Leo -

Jajajaja!qué bueno, paténtalo como terapia de relajación y te forras!!
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres