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BALCONES ABIERTOS

La gripe

La gripe

No es que yo haya pillado la gripe, es que ella ha saltado sobre mí como el alien de la más pintada película de terror. Me ha poseído como un súcubo endemoniado: de improviso, con nocturnidad y alevosía. Me ha cogido por el cuello, me ha retorcido los brazos, me ha doblado la espalda y no ha parado hasta que me ha tumbado. Me ha dejado llorando lágrimas calenturientas, estornudando febrículas, tosiendo flemas, agarrada al escapulario del paracetamol y la manta. Intento levantarme, pero se me aflojan las rodillas. Me ha derrotado. Únicamente saco fuerzas para sujetar la taza de caldo caliente que me alimenta desde que este huésped entró en mí. Parece mentira.

En estos días de soledad, echo de menos una manita. Una manita, por caridad,  que me alivie el peso, si no de la enfermedad, de la carga diaria que me acompaña normalmente y que ahora se me hace insoportable.

Que alguien tire de mi carro del Mercadona, por compasión, que se levante a las siete y media de la mañana para ir a mi trabajo, que lleve a mi niño al parque y, si quiere, que se acueste con mi marido cuando sea el momento, después de haber recogido los platos de la cena.

Que alguien me suplante, por los clavos de Cristo,  como en “El hombre de la máscara de hierro”, que rueden la segunda parte de “Tú a Boston y yo a California” en mi casa o que venga la mala de “La mano que mece la cuna” y que en estos días haga todo lo que no la dejó hacer la protagonista de la película. 

Que alguien se meta en mi vida, por dios bendito, o por lo menos, si no se quiere meter entero, que meta aunque sea un miembro, una manita, no vaya a ser nadie malpensado.

Recuerdo entre penumbras la mano de mi madre sobre la frente cuando de pequeña me ponía con esas fiebres que me postraban en cama durante dos días y que luego hacían trabajar a  la máquina de coser para alargar los perniles y dobladillos.

Recuerdo también esa misma mano, siempre en forma de saludo de la guardia civil desde que se levantaba hasta que se acostaba. Una mano firme que me despertaba a golpe de kárate los sábados por la mañana, que acompañaba las riñas tiesas con movimientos arriba y abajo, que lo mismo servía para amedrentarte que para hacerte “cuando vayas a la carnicería…”. Una mano que cuando llegaba la noche, se ponía en posición de faena y con tres golpes certeros remetía las mantas por los riñones y la espalda y te dejaba automáticamente enrollada en el tapijo como un flamenquín cordobés.

Ahora, desde la frialdad de mis mocos, desde la sepultura de mi estómago, pienso en esa mano para mis adentros y me meto en el pellejo de un preso cualquiera, esperando con angustia a que la manita articulada del Cristo del Perdón se le pare en lo alto y le redima la condena un martes santo.

Pienso en un incierto día de levante, cuando la colchoneta de plástico es arrastrada y de entre las voces que están mudando emerge una mano anónima, salvadora que se agarra a cualquiera para cambiar el rumbo de la suerte.

Me acuerdo de muchas manos: de la mano del mendigo, de la del benefactor, de la mano del niño que aprieta la tuya para no perderse, de las que llevan las
cuentas, de las que escriben, de las que levantan pancartas, de las que escrutan tus recovecos, de las que algún día me torcieron o me pusieron más derecha que una vela, sujetaron una botella conmigo o me pasaron el cigarrito a oscuras. Pasara lo que pasara, siempre había una mano buscada, encontrada, casual o correspondida que me acompañaba en lo que anduviera haciendo.

Este sábado, con el termómetro rondando los años que yo tengo, con el cuerpo y la mente descompuestos y un zangolotino empeñado en pintarme la cara de Spiderman con un rotulador rojo, repasar la pared de permanente negro, quitarse las zapatillas y andar descalzo por el piso, chupar los cristales porque están fresquitos…ocurrió algo totalmente inesperado: apareció una mano. La mano de un erasmus que se quedó en el pueblo llamó a mi timbre con su acento tan cercano al del Pollito de California. Una de sus manos traía un chiquillo, pero la otra…venía vacía. Me miró y  se compadeció. Cogió lo
más valioso de mi casa y me dijo: “ya te lo devolveré”. Cuando la mano rubia,
cervecera, experta y desgarbada cerró la puerta, se llevó el ruido, los rotuladores y la lengua de los experimentos a la vez.

Un maravilloso silencio se apoderó de mi salón. Me dejé caer sobre las mantas, intentando respirar a través de las taponaciones nasales. Todo giraba como en las mañanas de resaca. Todo, menos esa mano que se mantuvo constante durante el día en su favor. Es curioso. De pronto llega una mano, te quita algo pequeño de en medio y surte el mismo efecto que si empujase tu carro, te remetiese el edredón por los costados, te rebajase la condena y llevase tu colchoneta a punto de naufragar de vuelta a la orilla. Parece incluso que empiezo a respirar mejor.

Qué bueno es que alguien te eche una manita, sobre todo cuando tienes la gripe.



 

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4 comentarios

almudena -

Si es que, por mucha gripe que pillemos, "bicho malo nunca muere". Aunque seamos cuarentonas, griposas, amas de casa y currantas, todavía tenemos energía para eso y mucho más.
Gracias, Jimmy, por tu comentario. Creo que eres el único lector de este blog que no eres de mi familia. Un saludo.

Jimmy -

parece que esta mujer ha dejado de tener energía para poder nacer casi nada, pero la capacidad de quejumbre para parecer víctima de la vida sigue intacta, para eso su energía fluye a chorros, saca su potencial y escribe más resuelta si cabe.

Rosa Ocaña -

!Ay prima¡, espero que estes mejor ya, pero no pienses que vas a tener que alargar los dobladillos de tus pantalones....,que no, que no, que a nuesrta edad los dobladillos que alargamos son los de los niños que crecen que no veas. Nosotras seguimos gripe tras gripe con los mismos modelitos.
Menos mal que por lo menos nos conservamos tan bien, que parece que estemos echadas en manteca.....jajajajaja.
En fin, que te alivies......

Chari Leo -

Ay, amiga, te ha pillado. ¡Cómo te comprendo! esa ayudita que teníamos, esa Madre, que la echamos de menos cuando más faltita nos hace. Ánimo y que pase pronto.
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