Blogia
BALCONES ABIERTOS

Embarazo psicológico

Embarazo psicológico

Hace unos cuantos meses, una amiga mía tuvo un embarazo psicológico. Se le hincharon las piernas, el vientre y todo lo que se inflama cuando se está en estado de buena esperanza. Aumentó el volumen de su abdomen, sus glándulas mamarias se volvieron turgentes, aumentó de peso y hasta notó en dos ocasiones los
movimientos fetales. A pesar de todo esto, desde el primer momento tuvo claro
que su embarazo era imaginario, aunque todos los síntomas fueran reales. Su
marido y ella se “apañaron” como suele decirse, tras el segundo parto, que fue
una pesadilla de la que terminaron bien escarmentados, de manera que no había
posibilidades físicas ningunas.

Sin embargo, ella desde hace un tiempo tiene un amor platónico. Suspira de vez en
cuando por un muchacho recurrente de esos con los que una sueña que pasa una
noche de literatura, alcohol, risa y promiscuidad. Todo se queda en la imaginación, porque con solo pensar las consecuencias reales que una nochecita de estas acarrearía en su vida real, se le baja a una toda la libido que la utopía mejor pintada le pudiera proporcionar. A mi, por lo menos,  ya me cansa una conversación interesante que dure más de una hora, no aguanto ni cubata y medio ni medio cubata, me canso de estar de pie y si tengo candidiasis cada dos por tres con pareja estable, no sé yo lo que sería capaz de tener por mis bajos fondos si me da por echar una canita al aire.

En fin, que ella pensó que su embarazo podría ser fruto de alguna de estas noches
furtivas en las que el subconsciente la traicionaba y se iba en busca del garzón con el pensamiento. Que todo era fruto de la noctambulidad y lo onírico y que al poco tiempo se le pasaría. Pero no. No fue así. En breve se encasquetó con un barrigón del quince totalmente ficticio, tal como había sido concebido.

Entre llantos le confesó a su marido todo lo ocurrido. Al principio le dijo que se lo
tenía merecido, por satirona. Luego le dio pena y se apiadó de ella, acompañándola al psiquiatra, que le recetó un tratamiento a base de Aerored y bicarbonato para ver si le provocaba un aborto espontáneo. Le dijo que a veces nos pasaban estas cosas a las mujeres porque nos tragábamos las palabras, se nos producía una infección en el estómago y nos daba la cara de esta o de otras formas. Le mandó también un
libro sobre la asertividad y ejercicios para descargar la agresividad que por lo visto tenía acumulada.

A pesar de todos los esfuerzos, su pseudociesis no cejó y se encontró de golpe
con nueve meses sin menstruación que le vinieron de perilla, porque le cogieron
todo el verano. Tuvo un antojo de sardinas asadas, otro de uvas moscatel y otro
de tarta al whisky,  y del tirón fue a comérselo todo, no fuera a ser que le saliera la mancha al niño fantasma que venía de camino. Además, como sabía que todo era de mentira, se bebió los mojitos que le pusieron por delante en la boda de su prima Aurora, se montó con los niños en los cacharritos de la feria de su pueblo y se comió todo el jamón, chorizo y salchichón que le dio la gana. Vamos, que tuvo un embarazo buenísimo. Lo malo fue la hora del parto.

Las contracciones empezaron emocionalmente a removerle todo el cuerpo. Tuvo una
bronca gordísima con una vecina a la que le tenía ganas desde hacía ya tiempo y,
en el mismo portal, rompió aguas de una forma torrencial. Se la llevaron corriendo a hospital, donde la estaba esperando el psiquiatra para ponerle la epidural en el pensamiento abstracto. Pero debió punzarle entre dos inquietudes, o en el hemisferio equivocado, no sé, el caso es que el parto inminente avanzaba sintiendo las enormes sacudidas internas, los fluidos desbordados, esa bola caliente que no sabía por qué parte del cuerpo salir. El cuello del útero no dilataba y a puntito estuvieron de meterle mano para realizarle una cesárea.
Pero fíjate tú por donde, que en aquel mismo momento le vino la iluminación y
empezó a soltar por la boca literalmente todo lo que podría haber parido. Todo
lo que podría haberle salido del mismo orificio vaginal en forma de niño, le
salió por la boca en forma de palabras. Como buena parturienta, comenzó a
desahogarse con el que me cogía la mano, que en cuanto que vio el percal, se la
soltó diciendo que el hijo imaginario no era suyo y se quitó de en medio bien
ligero. No estaba pariendo improperios, sino oraciones sintácticamente
perfectas, que habían estado madurando durante los nueve meses anteriores.  Mágicamente comenzó a dar a luz. Continuaron saliendo como lava de volcán muchísimas ideas referidas a los que estaban en la sala de espera, a sus seres más queridos, a los menos queridos, a los relacionados con el trabajo o con la vida en general. El alumbramiento fue costoso, largo y, sin embargo, totalmente certero. Ese niño incorpóreo puso a cada uno en su sitio.

Con todo lo que brotó ese día, está ella escribiendo un libro.  Anda un poco preocupada, porque no sabe si le darán la baja por maternidad, que sería lo suyo después de todo lo que ha pasado la pobre. Tampoco sabe si tendrá la depresión postparto y dentro de unos días empezara a pensar que lo que está escribiendo, todo lo que ha nacido, es una mierda y no lo quiera ni mirar. Ni siquiera sabe el nombre que le va a poner a la criatura, a lo ocurrido, a sus palabras. Lo mismo llama al muchacho recurrente y se lo consulta. Lo malo es que a ver cómo se lo explica: “Mira muchacho, que he tenido un hijo psicológico de la noche aquella que me pasé soñando contigo, así que tú eres el padre. ¿Alguna preferencia respecto al título? Porque si no, le pongo yo lo que me salga del alma (por no decir del coño), que estoy en racha”. 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres