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BALCONES ABIERTOS

La Viagra femenina

La Viagra femenina

Hace poco publicaron el bombazo de Addyi, la viagra femenina que ha caído sobre la sociedad como agua de mayo.

Las pacientes a las que se les recomienda que se tomen la pastillita rosa son mujeres a las que se les ha diagnosticado un “desorden de deseo sexual hipoactivo”, una dolencia entre cuyos síntomas destacan un escaso interés por el sexo, tener pocos pensamientos o fantasías sexuales, sentir cada vez menos placer con las relaciones, etc. Se calcula que podrían sufrirlo alrededor del 43% de las mujeres españolas mayores de 40 años.

El efecto que causa la pastilla rosa es diferente al de la pastilla azul. La viagra, la azul, es un vasodilatador con efectos claramente comprobables. La pastilla rosa actúa a nivel del sistema nervioso central, algo muy parecido a un antidepresivo. Mientras la
Viagra se toma poco antes del acto sexual y dura unas pocas horas, Addyi ha de tomarse todos los días, haya o no sexo. Es el problema de padecer la disfunción sexual femenina.

Por suerte o por desgracia, el orgasmo y la forma en que el orgasmo se produce ha sido objeto de especulación durante miles de años. El diagnóstico de la histeria en las mujeres comenzó con Hipócrates y se ha asociado con la patología en la sexualidad femenina y la reproducción. Galeno, otro médico temprano, pensó que la histeria representaba una falta de satisfacción sexual en las mujeres que eran particularmente apasionadas. Se diagnóstico hace muchísimo tiempo y ya en aquella época se dedicaban los médicos a estudiar las dificultades de las mujeres con la sexualidad y el funcionamiento físico y emocional. En definitiva, hay una larga historia de los hombres que evalúan la experiencia sexual de las mujeres. El diagnóstico de la disfunción sexual femenina puede reflejar una forma moderna de la histeria hoy en día, época en la que las expectativas socioculturales amenazan con definir la experiencia sexual femenina.

Parece que todos saben lo que nos pasa, menos nosotras mismas. Ha llegado un momento en que nos tienen que decir hasta cómo y cuántas veces a la semana debemos sentir el placer sexual para ser normales. Me ha dicho un pajarito que el marketing farmacéutico anda frotándose las manos.


La cineasta Liz Canner trató el tema de las empresas farmacéuticas y el orgasmo femenino en su película de 2009 Orgasmo, Inc.  El tema de la medicalización del deseo sexual de la mujer y la idea perturbadora del tipo "correcto" de orgasmo no deja de sobrevolar nuestras cabezas.


Sin embargo, tras ver el documental, creo que las

mujeres no se muestran demasiado descontentas con su vida sexual, más bien parecen estar respondiendo a los ideales externos sobre lo que es normal. Y esto plantea la pregunta: ¿Las mujeres sabemos lo que es normal? ¿O sólo lo saben los hombres que nos estudian?

Hace poco salió el tema en una reunión de amigas,
mientras nuestra piara de niños campaba a sus anchas en el arenero del parque infantil. Una de ellas lo hacía solamente los sábados, porque entre semana es
que no hay tiempo. Otra lo hacía una vez al mes, que era el fin de semana que dejaban a los niños con los abuelos y había un poco de hueco. Otra no sabía muy
bien si lo hacía o soñaba que lo hacía, porque acababa el día tan reventada que había llegado hasta a quedarse dormida en pleno acto sexual. Otra lo hacía con
el marido, pero pensando en otro.  Otra lo hacía casi todos los días, porque se está sometiendo a un tratamiento de fertilidad, tiene cuarenta años y un esposo con espermatozoides vagos, así que se hincha de pastillas y pone el despertador para hacerlo cuando el médico le ha dicho que lo tiene que hacer para quedarse embarazada. Lo hace con el mismo
entusiasmo con el que friega los platos. La última de la reunión está soltera, vive sola, no tiene hijos ni pareja estable, y sin embargo, mueve la pelvis más que todas nosotras juntas.

Le preguntamos si es que se tomaba la pastillita rosa
o qué. Ella nos dijo que no, porque si te la tomas no puedes beber alcohol y es un rollo. Además, nos habló de los efectos secundarios: desmayos, nauseas,
somnolencia, fatiga, mareos, sequedad de boca… todo lo que tenemos nosotras cada día (y sin tomarnos nada)

Ella nos confesó que cambiaba de amante muy
frecuentemente. No era de las que lo hacía en la primera cita. Mantenía el periodo del cortejo durante un tiempo prudencial. Durante este tiempo, el tío
se lo curraba, para capturar a su presa: la invitaba, la llevaba y la traía a mandados variados, le preparaba la comida… la trataba como a una reina. Una vez
iniciados los encuentros sexuales, normalmente ellos no querían complicaciones más allá de una aventura pasajera, así que se largaban con viento fresco. Ella
se hacía la dolida por no herirles su orgullo y volvía a iniciar el proceso con otro muchacho diferente. De manera que casi siempre tenía todas las labores
domésticas cubiertas gracias a los cazadores furtivos que rondaban por los bares de copas o las redes sociales. La única ocupación que tenía era su rutina
laboral. El resto del tiempo era suyo.

Nos contó que ella intentaba llevar a la realidad una serie que había visto en la tele, lo que pasa que con los humanos sólo podía hacerse el tiempo que durase el flirteo, no mucho más. Nos habló de Real Humans. Es una serie de robots. En ella, los androides, conocidos como hubots, funcionan como sirvientes, trabajadores, compañeros, e incluso ilícitamente como parejas sexuales, con diferentes modelos que tienen características específicas diseñadas para sus diferentes papeles. Estos robots funcionan con electricidad y tienen el botón de on/of en la axila. Están programados para ser dóciles, para servirte y los puedes tunear para que satisfagan tus necesidades sexuales a demanda. Cuando llegas del trabajo te tienen la casa limpia, la comida en la mesa, te dan un masaje en los pies, te frotan la espalda en el baño, te sirven

una copita de vino mientras suena una música deliciosa, te cantan al oído todas tus beldades, te cogen en brazos y te llevan hasta el lecho conyugal en el que
te mecen suavemente todas las veces que tú quieras… y como son robots, no pueden dejarte embarazada. Además, si te cansas de ellos, les das al off  que tienen en el sobaquillo y se apagan automáticamente.

En la serie, ninguna de las mujeres que tienen un
hubot padecen disfunción sexual ni necesitan pastillas para querer hacer el amor.

Cuando escuchamos este último testimonio fue como si

retrocediéramos 20 años. Volvimos a la época de estudiantes de universidad, a la de nuestros primeros trabajos, a la época en la que teníamos tiempo para
depilarnos, ir al cine, leer… a la época en la que trasnochar no nos suponía una resaca de cuatro días de recuperación. A la época en la que dormíamos del
tirón y no nos despertaba nadie pidiendo agua, pipí o llorando porque hay fantasmas bajo la cama. A la época en la que no había crisis y la jornada terminaba a las tres, pero a las tres en punto y no había que ir por la tarde “por la empresa”. A la época en la que nos entraba el tanga de la talla M y los vaqueros de la 38. A
la época en la que no necesitábamos fortalecer el suelo pélvico tras los desgarros de los partos. A la época en la que el chocolate y Pretty Woman lo curaban todo… A la época en la que los muchachos, a veces, dependiendo de la época, eran un poco más que un hubot para nosotras y nos ponían tontorronas perdidas
con una guitarrita y un par de copitas de vino.

Pero claro, ahora estamos enfermas. Así que hemos
creado una plataforma de afectadas por la disfunción sexual femenina. Si eres una de las afectadas, si prefieres echarte una siesta a echar un pinchito, firma
aquí abajo. Las pastillas son muy caras y no creo que nos las pase la seguridad social, así que a ver si por lo menos nos dan la baja.

Feliz Halloween, monstruas. 

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