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BALCONES ABIERTOS

El cajón del frigorífico

El cajón del frigorífico

Hoy voy a hablaros de un libro que ha publicado una amiga mía. El libro se titula Cómo amanso a mis fieras.

Los lectores, la mayoría educadores y padres,  creen que
se trata de un método, un conjunto de experiencias para poder dar clase sin que ninguno acabe el curso en el psiquiátrico. Sin embargo, cuando intimas con la autora y conoces los sinsabores de su vida, los tejemanejes que urde para salir al paso de su torera profesión y cómo le reza a Beethoven en lugar de al Cristo de los Faroles, te das cuenta de que la mujer lo que ha hecho ha sido contar la historia del cajón de su frigorífico.

El año pasado se compró un frigorífico en las rebajas. Se trataba de un frigorífico muy grande y un poco antiguo, por eso sólo quedaba uno y por eso mismo estaba rebajado.

El vendedor le comentó que la gente empotraba el frigorífico en un mueble y que como este que estaba mirando llegaba casi hasta el techo, pues que no cabía en ninguna parte y así estaba, todavía en la tienda.

A ella le pareció un magnífico frigorífico, así que lo compró sin más dilación.

Se lo llevaron a casa entre dos forzudos. Le retiraron el viejo y le dejaron el nuevo instalado y funcionando.

La verdad es que era un frigorífico monstruoso, como lo son las clases de la ESO actualmente. En él podría caber perfectamente una persona de pie, sin agacharse ni nada, igual que a nosotros nos caben treinta y cinco niños si aprovechamos bien el espacio.

Además, el frigorífico tenía en la parte baja el congelador: cuatro inmensas gavetas “no frost” para guardar los paquetes de judías verdes de kilo y medio, las barras de pan extra largas, los botes de puchero que trae su madre de vez en cuando, los churros
para los domingos, etc.  El frigorífico era lindo de verdad. Pero, al poco tiempo, descubrió una pequeña pega en el perfecto electrodoméstico: uno de los cajones del congelador se atascaba. El aparato iba de maravilla, no hacía ruido ninguno, enfriaba estupendamente y entraba toda la comida, la suya y la de su
vecina si ella hubiera querido. Sin embargo, la primera casilla del congelador no encajaba bien. ¿Pero cómo puede llamarse cajón si no encaja? Pues sí señora, lo mismo que en nuestras clases: tenemos un aula magnífica, con pizarra digital, ordenadores portátiles, sillas y mesas para todos, materiales tecnológicos a tutiplén…  y alguna pieza que no encaja. A veces es solo una, otras veces se convierten en cinco, seis o siete, dependiendo de lo reciclado que esté el asunto. De manera que nos encontramos con una magnitud gigantesca, un frigorífico fuerte, potente, ingobernable, con un motor de doscientos caballos y una velocidad de aceleración increíblemente rápida, con una capacidad estupenda y un prometedor rendimiento. Pero al poco tiempo, nos encontramos con que nuestro artefacto trae también una pieza hiperactiva que no respeta los ritmos, otra más lenta que el resto, algún tornillo pasado de rosca de tantas vueltas que le han dado, dos palancas desmotivadas que están tirando de resto y alguna otra suelta que no sabemos lo que le pasa. El resto, hasta treinta y cinco, parece que está bien.

En fin, ella fue a la tienda a ver si podían cambiarle el cajón defectuoso, pero al no haber otro igual, tampoco tenían ninguna pieza de repuesto. Le ofrecieron la opción de descambiar el aparato, que todavía estaba en garantía, pero es que toda la
familia estaba encantada con él, con la excepción de la molestia del cajoncito, que ya estaba empezando a tocar mucho las narices.

Con el uso, fue poniéndose cada vez más rebelde. Su marido tenía cada pelotera con él, que incluso un día
temió que los vecinos llamaran a la policía. Cuando al cajón le daba por no abrirse, había que emplear toda la fuerza del mundo para sacarlo del hueco. Su marido comenzaba a lanzar al aire palabrotas sacrílegas y a dar golpes con lo primero que pillara hasta que el dichoso cajón, tras un largo rato de torturas
variadas, empujones, palmetazos y sudores, consentía abrirse, pero no mucho, lo justo para meter la mano y darle un tirón a la primera bolsa congelada que se pusiera a la vista.

A veces ponía de los nervios, otras, servía para entretener al niño. Las tardes de lluvia, proporcionó en numerosas ocasiones un buen rato de tranquilidad. Cuando su hijo se ponía pesado, lo mandaba a por algo ficticio que se encontraba en el primer cajón del
congelador y ahí se tiraba el angelito más de media hora intentando abrirlo, luego buscando y finalmente volviéndolo a acoplar en su sitio.

Porque eso es otra: a veces el cajón estaba gracioso y cuando se aproximaba uno hacia él (persignándose previamente y habiéndose crujido los dedos) cogía y se salía enterito al primer tirón.  Más de una vez la he visto tirada en el suelo, recogiendo los garbanzos congelados, más sofocada que si tratara de reunir las perlas de un collar heredado.  Y luego, para hacer que encaje en su ranura, no te digo nada.    Encaje de bolillos sería más fácil hacer antes que meter a ese energúmeno en su recuadro.

Su marido se dio por vencido, igual que hacemos muchos maestros cuando ya lo hemos probado todo, y su opción fue dejar de usarlo. Lo ignoraba por completo. Lo inutilizó con cinta americana, le negó la palabra y la comida y pasó meses sin ni siquiera mirarlo.

Ella lo desprecintó en cuanto pudo e intentó que se reinsertara, que volviera a intentarlo. En el fondo lo echaba de menos. Pero él, pasado el arrepentimiento tras el arresto, volvió a hacer de las suyas.

Cansada ya del disloque del cajón, llamó al técnico para que le echara un vistazo. El muchacho se quedó con él a solas. Lo exploró detenidamente y tras concluir su examen, ofreció su diagnóstico: no había nada que hacer. Por lo visto el cajón traía un golpe
dado de antes de llegar a su casa, no se sabe si se lo daría en la fábrica o en la tienda, lo cual le causó un traumatismo severo irreparable con el que tendrían que convivir de por vida.

El marido y ella se abrazaron al escuchar el veredicto final. Su madre, que allí estaba, sentenció:
“A este cajón lo que le pasa es que le hace falta mano firme y cariño”. Y tras decir esto, agarró un pedazo de tocino que había sobrado del guiso de berzas del almuerzo y, con mucha ternura, untó los bordes del gélido compartimiento. Luego lo agarró bien fuerte con las dos manos y lo puso sobre sus guías. Empezó a
empujar elegantemente ante la mirada atónita de todos. El féretro indómito pareció doblegarse ante el tocino y, de buenas a primeras, se deslizó suavemente por su canaleta, sin dar ruido ninguno, y se quedó en su sitio. La madre prosiguió su discurso: “Una hija con dos carreras y que tenga que venir la cateta de su madre a arreglarle el frigorífico con un pedazo de tocino y las manos tiesas como riendas de caballo. Habrase visto…”

Ella se quedó a cuadros y escribió un libro, el de Cómo amanso a mis fieras.

Porque lo bueno parece que es estar en consonancia, armonizar con el entorno, compactar, sincronizar y ajustar con lo que tengamos alrededor.

Sin embargo, hay piezas que por mucho que les demos porrazos, achuchones, les lancemos improperios, propinemos patadas o empleemos todas nuestras fuerzas, ni encajan ni posiblemente encajarán nunca. Tampoco podemos descambiarlas, porque no hay
repuesto para una persona. Y la cosa es que el grupo entero funciona, pero algún elemento molesta, este cajón no encaja… y tiene que estar aquí hasta que cumpla los dieciséis años. Se prueba con un castigo, una expulsión, un enfrentamiento, una ruptura, un alejamiento, ignorarlos por completo o inutilizarlos. Pero vuelven, a veces más rebeldes todavía.

Hasta que llega una cateta con un pedazo de tocino, dos bridas bien firmes y mucho cariño. A veces da resultado, otras veces no, porque también influye el estado de ánimo con el que
venga la del tocino, cómo se hayan comportado los otros electrodomésticos, si la del tocino está en sus días críticos o el hijo de la del tocino ha pasado una mala noche…

El tocino que utiliza últimamente esta pueblerina es la música. Es un recurso barato, emocionante, vivo, se encuentra por todas partes y lo único que necesita para aplicarse es mucho cariño y paciencia, toda la que una tenga en ese momento.

Lo más normal es que después de todo el tratamiento, una se encuentre con que el cajón que ha estado tratando continúe sin encajar. A lo mejor ensambló algún día que otro, pero tampoco mucho. Otro día quizás se vislumbró un atisbo de domesticación, pero tampoco para tirar cohetes. Hay potros que se mantienen salvajes toda su vida, porque son pura energía, en esos casos, lo único que podemos hacer es ayudarlos para que aprendan a manejarla.

Así es nuestra profesión. De vez en cuando nos encontramos con un maremoto y las herramientas con las que contamos son las mismas con las que cuenta un niño en la orilla: un cubito y una palita.

A veces nos trae más cuenta ponernos nuestro traje de luces (que cada uno lo tiene guardado en su imaginación) sacar nuestro capote de torero y lidiar la faena lo mejor posible.
Otras veces, podemos poner música y bailar con el tsunami, sacar al huracán al centro para que todos vean lo excepcional de sus giros, ponerle a la terremoto un tablao flamenco, al payaso un escenario, darle al ansioso una tuba para que controle su respiración, al que le duele la cabeza un cuenco tibetano para que
sienta las vibraciones hasta en las muelas del juicio y al que le duele el alma un quejío, un pañuelo y nuestra presencia para que se sienta acompañado. Eso sí, de uno en uno, porque si no, lo que nos van a tener que dar a nosotros es una tila, un trankimazin o una buena camisa de fuerza para que pasemos las fiestas con una vestimenta radiantemente exclusiva.

En definitiva, mucho ánimo a todos, felices vacaciones, feliz año nuevo y que Beethoven os acompañe, compañeros.

Aquí os dejo un enlace del libro por si queréis echarle un vistazo. 

http://eduplanetamusical.es/2015/12/10/como-amanso-a-mis-fieras-libro-sorteo-de-un-ejemplar-musikawa/#.VoO9NLbhDUI




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