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BALCONES ABIERTOS

La midorexia y el chicharrón

La midorexia y el chicharrón

Espejito, espejito: “¿hay alguien más bella que yo?”

El prudente espejito estuvo un tiempo contestando que sí por compromiso. Desde hacía tiempo, las carnes de la reina presentaban pliegues, su rostro lucía bolsas bajo los ojos, patas de gallo,
arrugas en el entrecejo y le asomaba alguna cana entre las esmeraldas de la corona.

Sin embargo, cada mañana se afanaba
adecentando su imagen, con el propósito de que el despiadado espejo le devolviese una imagen impertérrita. Al principio fue fácil: un poco de
maquillaje, un tinte de dos en dos meses, una horita de gimnasio, crema
antiarrugas de día, luego la de noche. Más tarde vino el serum tensor, el corrector de ojeras, el iluminador, el contorno de ojos, el blanqueamiento dental, el efecto lifting, el rizador de pestañas, la ingesta de colágeno.

Pero llegó el momento en que a la reina se le
descolgó la juventud frente al espejo. La ampollita flash no le hacía efecto ni aunque la mezclase con clara de huevo y almidón.  Las patas de gallo se rebelaron ante la tensión de la cola de caballo perenne. El levantamiento de pesas y las clases
de zumba no pudieron elevar lo que caía debido a la fuerza de la gravedad y, finalmente, las bolsas de los párpados estaban decididas a salir de paseo, saltándose
todas las normativas impuestas por los potingues más selectos del mercado.

El pobre espejo no pudo aguantar más y un
nefasto día pasados los cuarenta, se fue de la lengua. A la pregunta de todos los días, añadió una coletilla para ver si colaba. De manera que cuando su majestad espetó: “¿hay alguien más bella que yo?”, el cansado cristal contestó lo mismo de siempre: “no”. Pero, tras una breve pausa, añadió: “No, ni ná”.

A la soberana por poco le da un ictus. El tiempo, tan perverso como de costumbre, le devolvía una imagen que no se correspondía con sus expectativas. ¿Quién era ahora la más bella?

La siniestra Blancanieves, nacida cuando ella
ya iba a la universidad, le había arrebatado el título. Su terso rostro
encandilaba todos los espejos: los de las casas, los de los probadores de las tiendas, los de los retrovisores de las motos. Hasta cuenta la leyenda que los espejos de la casa de los horrores de la feria se rendían a sus pies.

La reina, lejos de rendirse en el duelo,
duplicó las horas de gimnasio, fue a comprarse ropa al Bershka, buscó al cirujano plástico de Leticia Sabater para reconstruirse las partes de su cuerpo de las que ya ni se acordaba, lidió con el miura de la menopausia y le pidió amistad por Facebook a Albert Rivera.

Visitó una clínica de estética en la que le recomendaron los vapores vaginales, el lavado de colon y las picaduras de abeja
para estar totalmente “in”.

El efecto “antiaging” estaba totalmente
asegurado y ella comenzaba a sentirse como nunca. Abrió dócilmente sus orificios a vaporizaciones e irrigaciones variadas y venció diariamente la batalla a los
cambios físicos, emocionales y sociales que ponen a la mujer como si estuviera en una montaña rusa. Los picotazos de las abejas no le dejaban hueco para
pensar en la depresión, los trastornos de identidad, la ansiedad, el estrés, la baja autoestima, los trastornos hipocondríacos y el alto grado de vulnerabilidad que hacen sentirse insegura a cualquiera que haya pasado los 47.

El espejo comenzó a liarse.

La cincuentona reina deslumbraba a su paso.
Todos giraban su cabeza para admirar el aire de vencedora que desprendía, aunque se asemejase al de los vinos añejos o al de los perfumes de señora (ya salió la palabra) 

Salía de cachondeo sobre sus infinitos tacones de aguja. Doblegaba sueño y cansancio ante cualquier sarao. Se recogía la última frente a la galería, aunque recuperarse le costase días y días. Derrochaba vida y juventud, agarrando por los pelos cada minuto que transcurría. Era experta en ansiolíticos, vomitonas,  terapias alternativas, numerología y flores de Bach. Vocalista de un grupito de jazz, se intercambiaba falditas y culotes con su hija, que acababa de volver del Erasmus.

Se acostaba desnuda, con unas gotas de Chanel número 5.

Blancanieves a su vez, había empezado
mientras tanto con el rollo de los enanos y la verdad es que no tenía tiempo ni para mirarse al espejo.

Sus túrgidas carnes se expandían con el paso
de los años. Leía a Giorgio Nardone y no sabía con cuál de los 17 tipos de mujer identificarse. Cuando los enanos estaban en el tajo, ella se sentía como un hada, una amazona y hasta una ejecutiva. Sin embargo, a medida que iba
aproximándose la hora del almuerzo o la de doblar la ropa y plancharla, sus características personales iban transformándose, sin que mediara en modo alguno la menstruación, y se volvía la bruja más hedionda del planeta. A pesar de todo, una vez cada tres meses, venía a visitarla la el príncipe azul, y entonces otra vez se transformaba en la seductora, la lamedora,  la desbordante, la camaleónica y, finalmente, la
Bella durmiente que se hacía la inconsciente para que el muchacho volviese, no veas qué aburrimiento.

Por la noche le dolían las varices, se le caían los ojos, los tobillos se le hinchaban y tardaba siglos en leer los cuentos antes de que los enanos se quedasen dormidos.

Cuando no estaba el príncipe, se acostaba con el pijama de franela y los patucos. A veces, cuando estaba el príncipe, también. 

A Blancanieves de vez en cuando le llegaban
noticias de la reina: que si el botox que se ha puesto, que si la minifalda que lleva, que si todo el día delante del espejo, que si esa lo que tiene es la midorexia…

A la reina, también de vez en cuando, le llegaban noticias de Blancanieves: que si como el príncipe nada más que aparece
de vez en cuando paga la ansiedad con la comida y así se está poniendo, que si se cose la ropa en lugar de tirarla y comprarse otra nueva, que si usa la copa menstrual, que si ha dejado de depilarse…

La reina llamó por teléfono a Gwyneth Paltrow, y, tras conversar un rato
sobre la tendencia del "Oil Pulling" para blanquear los dientes, la sauna para curarse la gripe, los vapores vaginales y el  veneno de las abejas para estirar las patas de gallo, quedaron en una tasca para probar unos vinos.

Por su parte, Blancanieves
se tomó el día libre y se fue de tabernas con el enano machote (con el
intelectual se fue la última vez y acabó tomándose un Nolotil para el dolor de coco)

En casa se quedaron el snob, el calzonazos, el Pigmalión y el capitán aventuras (chuloputas para el vulgo). Blancanieves
iba a refrescarse el gaznate, acompañando la bebida con queso viejo y chicharrones de Chiclana, que todo no va a ser beber.

En un cambio de tercio, la reina y Blancanieves se cruzaron las miradas.

Blancanieves se quedó estupefacta con la cinturita de la reina y los trapos que llevaba.

A la reina se le fueron los ojos detrás del plato de chicharrones.

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